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En el fútbol, los involucrados tanto dentro como afuera del terreno de juego buscan una forma de aumentar su control sobre la situación, incluso por medios que poco y anda tienen que ver con el deporte y cuya influencia es imposible de cuantificar. Esas son las famosas cábalas, supersticiones o rituales, que de futbolístico tienen mucho, aunque desconocen de conceptos, tácticas y estrategia.
Atribuirle una influencia sobrenatural a un objeto, un gesto o cualquier otra cosa particular puede ser vista por un tercero como un sinsentido, pues, aunque suene obvio, el partido lo gana el equipo de mayor efectividad en el arco rival. Esa es la única verdad absoluta.
Sin embargo, esa mirada meramente técnica no ha podido evitar que relatos como “el que toca la copa no gana”, “de los 2-0 líbranos Señor” o “fue gol porque lo canté antes” se expandieran por toda la comunidad futbolera.
Para la psicología, lo que conocemos como cábala es una creencia de que una conducta aleatoria puede preceder a un éxito. Es una especie de sesgo cognitivo erróneo, en el que se busca que una acción aleatoria asegure buena fortuna.
Una mirada racional
No obstante, una superstición juega a favor de las personas en el sentido de que brinda una sensación de control en situaciones en las que, supuestamente, no lo tenemos. Así se puede reducir la ansiedad, lo cual en un deporte en el que el ánimo incide, siempre es necesario.
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Otro aspecto a tener en cuenta, es que, si cuando probamos algo diferente y nos salen las cosas, es más probable que nos fijemos en lo positivo que nos ocurre porque condicionamos a nuestro cerebro a que se fije en eso, por la imaginaria sensación de seguridad. Por ejemplo, el legendario portero Iker Casillas se ponía las medias al revés (con la parte de adentro hacia afuera) porque consideraba que eso le traía buena suerte.
Puede que una palabra, un gesto o un objeto no ganen torneos, pero de alguna manera reducen la ansiedad de los ganadores. Las principales razones para creer en estas cosas son que “el control” ante la incertidumbre, el adiós a la sensación de indefensión y el aumento en la confianza sobre las propias habilidades.
La cábala es la forma en la que los futbolistas se dicen a sí mismos que “sí se puede”, que como refuerzo anímico nunca está de más a la hora de pelear por tres puntos en la séptima fecha de la Liga BetPlay o la final de un Mundial.
Los rituales infaltables
Si se habla de superstición, es menester mencionar a Carlos Salvador Bilardo. En el Mundial del 86, ganado por su selección de Argentina, las cábalas iban más allá. El director técnico pidió que en cada partido el autobús de su equipo fuera escoltado por los mismos policías siempre y que sus jugadores debían tardar siempre lo mismo hasta llegar al estadio.
Para “el narigón”, como también se le conocía al exitoso D.T., era una falta de respeto dar por ganado un partido antes del pitazo final, porque le parecía que hacer mención de algo por estilo era sinónimo de sufrir los últimos minutos ante lo que en Colombia llamaríamos “justicia divina”, por hablar antes de tiempo.
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Hay cosas extraordinarias –no de increíbles, sino de algo poco habitual- que los equipos convierten en ritual. Previo a su segundo partido en la Eurocopa de 2021, la selección de Italia iba a partir rumo al estadio cuando alguien se percató de que Gianluca Vialli, su jefe de delegación, se había quedado en el hotel.
Esa tarde mostraron una gran versión de fútbol y ganaron 3-0 a Suiza. En lás jornadas siguientes, con una mezcla entre superstición y recocha, el bus de la azurra avanzaba unos metros con Vialli fuera del autobús y este luego se subía. Repitieron el ritual en todos los partidos de esa Euro, que terminarían ganando.
Los objetos especiales
En 2018, cuando Argentina tuvo un mal arranque en el Mundial de Rusia, Rama Pantorotto, periodista del medio ‘Telefe’, le entregó a Lionel Messi un trozo de cuerda roja que le había dado su madre para la buena suerte,
Días después, tras la victoria contra Nigeria que puso a la albiceleste en octavos de final, el comunicador le preguntó al Messi si había conservado el brazalete, a lo que Leo respondió que sí y se lo mostró.
Cuatro años después, cuando Argentina ganó su tercer Mundial, en las fotos de la celebración se vio que Messi todavía tenía amarrado el lazo rojo en su pierna izquierda. Sobra decir que alguien con el talento suyo no tiene por qué creer en otra cosa que no sea su trabajo, pero la cabeza también juega su partido.
Desde luego, la historia no es tan idílica, ya que aunque los últimos dos años Leo ganó de todo con su selección (Mundial, Copa América 2021 y Finalissima), en 2019 tuvo una Copa América irregular en la que Lionel Scaloni estuvo a punto de perder el puesto.
El poder de las palabras
Para Bilardo las supersticiones parecían determinantes para que la albiceleste consiguiera su segunda estrella, casi al mismo nivel que el gol de Jorge Burruchaga, con el que vencieron a Alemania en la final. El estratega argentino también popularizó el grito de “kirikocho”, con el que se supone que el que lo menciona, le echa la sal al contrincante.
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Se supone que Kiricocho era un hincha de Estudiantes de La Plata y cada vez que iba a un entrenamiento un jugador se lesionaba. Se dice que cuando Bilardo escuchó de él, le pidió que recibiera a los rivales, para compartirles un poco de mala suerte.
El grito cruzó las fronteras de Argentina, se instaló en las cabezas de los futbolistas de élite y sigue vigente al sol de hoy. En la final de Sudáfrica 2010 el defensor Joan Capdevilla lo mencionó antes de que Arjen Robben golpeara un balón que Iker Casillas desvió al tiro de esquina.
En la Champions 2020/2021 el entonces arquero del Sevilla, Yassine Bounou, le gritó “kiricocho” a Erling Haaland, por aquellos años en el Borussia Dortmund, en un tiro penalti. El disparo fue atajado. Sin embargo, el maleficio no fue completo, pues los defensores invadieron el área y el cobro tuvo que ser repetido.
Creer o no en las supersticiones está en cada quien, pero lo innegable es que desde que llegaron a los vestuarios de los equipos de fútbol, se instalaron para quedarse hasta la posteridad.
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