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La dictadura del corazón

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Al gobierno de Rafael Correa se le ocurrió hace poco, redefinir el concepto de la dictadura.

El 8 de mayo, publicó un video oficial que en el mejor estilo orwelliano, afirma: “Si esto es una dictadura, nos estuvieron engañando. Hasta hace poco yo creía que un dictador era un tirano… Si esto es una dictadura, un aplauso para el corazón que con amor está dictando”. Al son de una música melosa y las imágenes alegres de madres, bebés, jóvenes, discapacitados y ancianos, intercaladas con espectaculares obras de infraestructura y paisajes naturales, el video nos recuerda que la “dictadura” de Correa es sinónimo de progreso, educación, salud y orgullo patrio.  Al establecer un vínculo afectivo entre un Estado “amoroso” y “bondadoso” y unos súbditos “agradecidos” y “felices”, esta neolengua hace legítima la criminalización de la crítica. La restricción a la libertad de expresión y prensa, incluyendo la sátira, viene en crescendo. A su vez, las disposiciones del código penal sobre terrorismo, sabotaje, rebelión e “incitación a la discordia” se han vuelto un instrumento cotidiano para judicializar a líderes indígenas, campesinos y sindicalistas que se manifiestan en contra de las políticas ambientales y laborales del gobierno, así como a los defensores de derechos humanos.  El disciplinamiento no para allí. A principios de este año, Correa instituyó el programa somosmas.ec, para vigilar con informantes ciudadanos las opiniones negativas emitidas sobre el mandatario en redes sociales. Hace un mes, se bajó de su caravana como cualquier matón de barrio, para confrontar a un adolescente quien le hacía señas. Éste fue detenido y condenado a 20 horas de trabajo comunitario por “realizar un gesto obsceno en descrédito del Presidente”. Su respuesta a las protestas masivas que hubo la semana pasada en todo el país a raíz de unas leyes redistributivas de la riqueza, que gravarían las herencias y la plusvalía —y tuvieron que ser congeladas— fue denunciar esta “conspiración golpista” y retar a los manifestantes a derrocarlo mediante un referendo revocatorio.  En lugar de construir una revolución ciudadana, la “dictadura del corazón” parece depender del encogimiento y la represión de la participación política, sobre todo, cuando las posiciones expresadas por los ciudadanos no coinciden con las suyas. Si bien, los altos (pero declinantes) niveles de popularidad del Presidente sugieren que buena parte de los ecuatorianos están dispuestos a aceptar la reducción de sus libertades y la concentración del poder en manos del Estado “cariñoso” siempre y cuando haya menos pobreza y desigualdad, más empleo, y mejor infraestructura, la contracción de la economía por la caída de los precios del petróleo hace difícil sostener este modelo tutelar. Más importante aún, las democracias “deliberativas” y “radicales” del siglo 21 suponen la intervención y veeduría activa de la ciudadanía en la toma de decisiones, la reivindicación de la diferencia y la construcción no coaccionada de consensos. Tristemente, y pese a los innegables logros de Correa, Ecuador parece hoy todo menos que esto.

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