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Paradójicamente, el voto kurdo ha evitado por ahora que Turquía cambie dramáticamente su papel en la estratégica región que une a Europa de Asia y a la vez las separa. Desde la fundación de la República, en 1923, nadie se había atrevido a intentar el desmonte de principios esenciales de la vida turca contemporánea, como el compromiso de mantener la vinculación a Europa, la práctica del laicismo y la búsqueda de la ampliación de la democracia.
Principios que no tuvo prácticamente contradictores por el resto del Siglo XX hasta que llegó la experiencia de los primeros años del nuevo milenio, con la aparición de propuestas de un progresivo retorno al pasado.
El fundador de la República, Mustafá Kemal, introdujo cambios sustanciales que desmontaron los fundamentos del Imperio turco Otomano para establecer un Estado moderno, democrático y laico. Abolió el sultanato y el califato, puso a los Muftis y a los Imams en su sitio, dedicados a rezar sin inmiscuirse en los asuntos políticos, cambió el alfabeto prestado de los árabes por el latino, descubrió el velo de las mujeres y las puso a votar, desmontó elementos feudales de la vida campesina, y luego de ejercer el poder con mano dura, dejó todo organizado para que Turquía fuese un país lo más democrático posible, integrado a occidente, sin descuidar su papel de contacto y separación de Europa con el mundo persa y el árabe. Por todo eso, la ley que introdujo el uso de apellidos, otra innovación propia de la era republicana, le otorgó el apelativo de Atatürk, padre de los turcos.
Después de casi cien años de dominio de los principios fundacionales apareció una oleada de “recuperación” de espacios políticos de parte de quienes no pueden separar la religión de la orientación de los asuntos públicos. Recep Tayyip Erdo?an ha sido sin duda la figura protagónica de la vida política turca durante los últimos trece años. Su irrupción en el escenario ha significado la aparición, relativamente exitosa, de un movimiento que, a la manera de naciones más confesionales, busca introducir nuevamente factores de origen islámico en la vida cotidiana, en desmedro de las prácticas propias de la apertura kemalista.
El éxito político de Erdo?an es indiscutible y está sustentado y refrendado en elecciones sucesivas desde 2002. Después de tres períodos como primer ministro llegó a la presidencia de la República, cargo cuyo carácter pretende cambiar en desmedro del esquema de primacía parlamentaria vigente hasta ahora, con un discurso cargado de reivindicaciones fáciles de entender y apoyar por sectores populares, pero difícil de aceptar en las esferas más educadas de la sociedad, formadas en la tradición republicana de Atatürk, que ven en los cambios propuestos una amenaza para la supervivencia de la democracia. Pero en todo caso, sobre la carroza del Partido Justicia y Desarrollo (AKP), islamista, conservador en lo moral y liberal en lo económico, el Presidente quiere «ser el sultán democráticamente elegido de un supuesto imperio turco emergente», como lo dijo el día de las elecciones de hace una semana el influyente diario Hürriyet, vocero de los ideales republicanos.
En los comicios de hace una semana, aunque el AKP perdió 68 escaños, fue en todo caso el más votado; pero el Presidente no obtuvo, como lo esperaba, una mayoría suficiente para introducir las reformas constitucionales que coronarían su propósito de quedarse con tanto poder como para cambiar a su acomodo el destino de la nación. Además de las promesas internas, el argumento de que una Turquía fuerte, con un liderazgo concentrado en la cúspide del Estado, permitiría al país jugar un papel relevante en medio de las circunstancias difíciles del Medio Oriente, no le alcanzó para obtener lo que deseaba. De manera que el resultado electoral puede ser entendido como una especie de referéndum en contra de sus aspiraciones. “Hemos puesto fin a una era autocrática con medios democráticos” ha dicho el principal oponente de Erdo?an, Kemal Kilicdaroglu, líder del Partido Republicano del Pueblo, que obtuvo una cuarta parte de los votos.
Pero el espectáculo post electoral presenta otra novedad, de importante valor simbólico y político: el HDP, Partido Democrático del Pueblo, de orientación pro kurda, que atrae votantes de la izquierda y de otras minorías y sectores descontentos a la manera del “Podemos” de España, alcanzó por primera vez a superar el umbral y llegar al Parlamento con una representación de 80 diputados. De manera que el “referéndum” de los comicios expresa también el deseo de que el problema kurdo se arregle en el seno de la institución parlamentaria. En la medida que el avance del HDP constituye el echo más notable dentro del nuevo reparto parlamentario, resulta curioso que sea justamente el apoyo a la causa kurda, objeto de complicadas relaciones de represión y subversión, lo que a la hora de la verdad haya venido a contribuir a poner por ahora algún freno a la carrera de Erdo?an.
Las negociaciones que tienen lugar ahora, en busca del ensamble de un gobierno de coalición, pueden marcar el inicio de una nueva era de equilibrios políticos frágiles, o en nuevas elecciones, que tal vez significarían una mayor polarización de la sociedad turca para definir de una vez por todas si prefiere avanzar en el camino del proyecto republicano, o si la mayoría, cualificada o no, de los votantes, desea tomar el rumbo del retorno hacia el Siglo XIX. Cualquiera que sea el resultado de este proceso, debe ser observado con toda atención en la perspectiva del destino de una región del mundo que no ha encontrado sosiego desde el desmonte del Imperio Otomano, sucesor del Bizantino, a su vez heredero del Imperio Romano de Oriente.