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Nacido en Riga, capital de Letonia, en una familia judía burguesa, emigró con su familia a Londres durante los hechos sangrientos de la revolución bolchevique. Fue profesor de teoría social y política en Oxford y presidente de la Academia Británica, lo cual habla muy bien de sus capacidades intelectuales y de la apertura de los oxonienses para asimilar a un foráneo. Combinó su actividad académica con el servicio diplomático, primero en Washington y luego en Moscú. Eran tiempos de Stalin. Fue declarado persona no grata por su encuentro con la poetisa Anna Ajnátova, disidente y perseguida por la nomenklatura. Regresó a Oxford en donde ejerció la cátedra hasta el final de sus días. Falleció en 1997 a los 88 años. Gracias a la magnífica biografía de Berlin escrita por Michael Ignatieff, hemos podido conocer detalles de su apasionante vida.
Berlin creyó en la importancia de las ideas y en su influencia sobre los individuos y las sociedades. El poder de las ideas y Contra la corriente son dos libros conocidos con algunos de sus ensayos, editados por su discípulo Hardy. En éstos analiza el poder de las ideas a través de pensadores tan distintos como Maquiavelo, Montesquieu, Hume, Marx, Disraeli y otros.
Lo que se deduce claramente de estos escritos es que Berlin era un defensor de la libertad individual, convencido a la vez de la necesidad del progreso social. Era también un defensor del pluralismo, de la coexistencia pacífica de ideas distintas. Se declaró adversario de cualquier despotismo.
Mario Vargas Llosa en el prólogo a la edición castellana de El erizo y la zorra de Berlin, escribe: “No deja de ser una paradoja que alguien como Berlin, que ama tanto las ideas y se mueve entre ellas con tanta solvencia, sea un convencido de que son éstas las que deben someterse si entran en contradicción con la realidad, pues cuando ocurre al revés, las calles se llenan de guillotinas y paredones de fusilamiento y comienza el reinado de los censores y los policías”.
Hay muchas aplicaciones concretas del pensamiento de Berlin a nuestro tiempo y circunstancias. Un Estado con buen equilibrio de poderes es mejor para el funcionamiento de la democracia. Cuando el péndulo del poder ejecutivo se mueve con cierta periodicidad entre visiones alternativas de la política, aleja a la sociedad de cualquier tentación despótica.
En política económica, a raíz de la actual crisis financiera internacional y las medidas para neutralizarla, muchos analistas han salido a pregonar: “Ahora, de nuevo, todos somos keynesianos”. Es verdad, los hechos demuestran que se requiere un paquete importante de medidas estatales para ayudar a salir de la crisis, incluyendo la nacionalización de bancos. Cuando retorne la normalidad, el Estado seguramente privatizará lo nacionalizado y bastará una regulación del sistema financiero para evitar los excesos generados por la confianza en agentes económicos capaces de autoregularse. En ese momento se dirá: “Ahora, de nuevo, todos somos neoliberales”.
El pensamiento de Berlin, tan poco conocido en nuestro país, debería difundirse en universidades y centros académicos para formar intelectuales menos dogmáticos y políticos más estadistas. En fin, para alcanzar una democracia más profunda en beneficio de todos los ciudadanos.
* Director CRECE