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Sin embargo, me da la impresión de que estos homenajes funcionan como despedida a una generación de periodistas que él representaba. D’Artagnan tuvo la suerte —o el olfato— de morir antes de presenciar el inminente ocaso de los medios impresos tradicionales.
La posibilidad de que los diarios y revistas impresos se acabaran parecía, hasta hace unos meses, bastante remota. Pero la crisis mundial ha acelerado su desaparición. El País, uno de los más sólidos del mundo, dijo en su edición del pasado 21 de enero: “La industria de los periódicos, nacida en el siglo XIX de la mano de la Revolución Industrial, se ha acabado”. En España se calcula que 5.000 periodistas perderán su trabajo de aquí al 2010: un 20% de los trabajadores del sector, según la Asociación de la Prensa Madrileña.
En Estados Unidos la cosa está peor. El grupo Gannet, primer editor de periódicos del país, anunció en octubre un recorte del 10% de su redacción y Los Angeles Times despidió a 75 miembros de su equipo. El 20 de febrero, Journal Register Co., que publica 20 periódicos, se declaró en bancarrota. Ese mismo mes The Rocky Mountain News, de Denver, cerró sus puertas después de 150 años de existir. El grupo Hearst, propietario de The San Francisco Chronicle y del Seattle Post-Intelligencer, informó que los dos diarios podrían cerrar si no encuentran un inversionista. En igual situación se encuentra The Miami Herald, que ha despedido al 20% de sus empleados este año. Humberto Castelló y Tony Espetia —el director y subdirector— renunciaron también, en solidaridad con sus colegas. Y, como si todo esto fuera poco, The New York Times tuvo que aceptar dinero de Carlos Slim para sobrevivir.
Algunos confiábamos, con cierta ingenuidad, que los medios no eran sólo un negocio. Sin embargo la realidad es otra. Porque los propietarios no están dispuestos a perder ni un centavo. The Washington Post, por ejemplo, “sólo” ganó 18,8 millones de dólares en el último trimestre, frente a los 82,9 millones del mismo período en el año anterior. Una pérdida que seguro se va a reflejar en despidos masivos. Porque los genios de las finanzas que asesoran a los diarios creen que van a salvar una empresa recortando el sueldo —casi siempre risible— de un editor o un reportero.
La recesión también ha llevado a que los medios sacrifiquen buena parte de su espacio editorial para darle paso a publirreportajes o, peor, a publicidad disfrazada de contenido. Medios que antes eran admirados por su seriedad, ahora están entregados a los anunciantes. Los editores son obligados a pactar artículos a cambio de avisos. Sé que es tonto pensar que se puede sobrevivir sin pauta, pero hay límites. No deja de ser triste ver a jefes de medios —que hablan de independencia cada vez que abren la boca— arrodillados frente a los relacionistas públicos de Rolex o de Louis Vuitton.
Algunos dicen que esta recesión ha permitido diversificar los medios y enriquecer nuevas tecnologías. Es cierto. Pero eso no justifica la desaparición de los medios tradicionales. Y que el buen periodismo —ese que D’Artagnan conoció y no siempre ejerció— sea otro de los damnificados de esta crisis.
* Periodista y editor