Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
“Yo no soy un héroe nacional, soy Camilo Villegas”. Aquí, desde siempre, tenemos la tendencia a endiosar a los deportistas que se destacan, con resultados muchas veces contraproducentes para sus carreras, pues cuando se creen el cuento de su grandeza, la gloria se les sube a la cabeza y descuidan lo que tienen que hacer: concentrarse en su especialidad.
Podemos hacer un rápido recuento de héroes del deporte destruidos por un exceso de culto a sus personas. El más triste es el de Antonio Cervantes Kid Pambelé. Medallas y llaves de ciudades, desfiles coronados en carros de bomberos, visitas encorbatadas a Palacio, y luego una triste decadencia en abismos de miseria personal. O Juan Pablo Montoya, condecorado hasta las náuseas por campeonatos sobresalientes en varias categorías del automovilismo y algunas carreras ganadas en la Fórmula Uno, y luego sumido en una displicente antipatía personal, en un hastío del éxito que lo ha devuelto a sus justas dimensiones.
Los gobernantes tienen el privilegio de poder conceder condecoraciones a su antojo. Asignan las medallas con un gesto y una firma. En realidad, cuando un presidente condecora a un deportista destacado, lo que hace es aprovecharse de su fama momentánea para estar a su lado, para que algo de la gloria se pegue, como si alguna parte de ese éxito se debiera al apoyo del poder. En realidad estos grandes deportistas, Cochise Rodríguez, Lucho Herrera, María Isabel Urrutia, Santiago Botero, el mismo Camilo Villegas, se han hecho a sí mismos a pulso, por su propio tesón y esfuerzo, y no gracias al apoyo del Estado, sino a pesar de su ausencia.
Si ellos son un ejemplo para la juventud, y sin duda Camilo Villegas lo es, esto no se debe a que han recibido beneficios de parte del Gobierno, sino a que han sabido desarrollar un profesionalismo insólito en su propia especialidad, con una disciplina monacal, con una dedicación absoluta. Detrás de la facilidad con que Villegas hace un birdie, hay miles de horas al sol y al agua, repitiendo un movimiento y un empuje, puliendo con precisión de artista un lenguaje del cuerpo llevado hasta la perfección.
Como en Colombia vivimos en carestía de grandes héroes positivos, como nuestros posibles ídolos son tan escasos, se suele cometer el error de endiosarlos hasta niveles insoportables. El efecto en algunos de ellos, cuando no demuestran la madurez que está demostrando Camilo Villegas, es que tantos homenajes se les suben a la cabeza, y les parece que ya han llegado a la meta. Hay que celebrar que este excepcional golfista y deportista siga recordando que no es otra cosa que un talentoso muchacho de las montañas que juega muy bien al golf.
Y en el tema de las condecoraciones oficiales, sería conveniente que el Gobierno pensara también en las personas que se destacan en los ámbitos de la cultura o de las ciencias. El éxito no se mide solamente en los millones de dólares que se puedan ganar en el mundo de la farándula, del espectáculo o del deporte. Está bien que se impongan medallas a Shakira, Juanes, Villegas. Pero no sobraría que se pusiera también como ejemplo, digamos, a Víctor Gaviria —por estos días homenajeado en México—. Pero claro, como los hombres de la cultura saben hablar bien, y como no siempre comulgan con todas las opiniones de los poderosos, resultan personajes mucho más difíciles de exaltar y de apropiarse de ellos como si fueran un triunfo personal del gobernante de turno.