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Pero ya da igual quién haya marcado, dan igual los dorsales, las portadas, la bota de oro, esta copa que, alzada, parece un dios profano.
Da igual porque la elástica cambiará de cuerpo, de olor, de pulso, de corazón, y, aunque ellos no lo saben, serán otros los que se lancen al campo. * Antonio Agredano
Recuerdo con nostalgia el día que jugué mi primer partido oficial de fútbol en la cancha de Campoamor. Hoy ya no recuerdo por qué mi equipo se llamaba así: Tupamaros. Tal vez por el nombre de una orquesta musical que estaba de moda en esa época y que ponía a bailar a todos en las festividades decembrinas (“Todo el mundo necesita un beso…”). O tal vez aludía a un grupo guerrillero en Uruguay que se extendió por todo el continente americano. Pero no voy a hablar de este tema por cuanto, seguramente, será un referente para otra oportunidad. Tengo nostalgia de esa época porque, a propósito de la muerte de Eduardo Galeano, he recuperado unas imágenes cinematográficas sobre el primer uniforme. El partido era el domingo, pero nos lo entregaron desde el jueves. Sólo era la camiseta, no había dinero para lo demás, y este “uniforme” era ya motivo de alegría, de miedos, de sinsabores, de presentimientos. Debutar contra un equipo que se llamaba Estrella Roja implicaba un acontecimiento que no se olvidará jamás. Todavía tengo el carné que me identifica como integrante de Tupamaros. ¡Cómo pasa el tiempo! Realmente no dormí durante dos días, hice goles mentales de cabeza, de chilena, olímpico, en fin… tener el número 11 en la espalda me hacía sentir inmenso. Algunos biógrafos sostienen que Pelé se puso su uniforme antes de su debut y durmió con él, que no se quitó ni los guayos, y rezaba y rezaba para que llegara la hora del partido.
El día del estreno no jugué, no me pusieron, estaba “condenado” a la banca, creía yo, pero después sí tuve opciones de jugar en varios equipos: Palmeiras, Estrella Roja, La 58, Guayaquilito, Amigos del Mundo. Estrenar uniforme es una experiencia similar a meter y cantar el primer gol, es una oda al sentimiento que produce pisar la gramilla de un estadio. Catalina diría que es como estrenar bicicleta antes de una competencia. Amarrarse los primeros guayos es el mejor haikú porque es tatuarse los cordones a la piel, las medias dan forma y contenido al partido y la pantaloneta deja ver que hay juego, que va a empezar el ritual. Estrenar uniforme es adquirir la otra piel, es afiliarse a una manera de ser y de estar en el mundo, es comulgar con una idea apasionante: El gol nuestro de cada día, ese libro de poesía que compiló Francisco J. Uriz, o, mejor, como dicen en Los colores de la montaña: “Más fútbol y menos clases”.
Juan Carlos Rodas
rayuela138@hotmail.com