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Los límites de la verdad

Santiago Villa
08 de junio de 2015 – 09:00 p. m.

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Conocer la historia no es el antídoto para no repetirla. La Comisión de la Verdad no será tan explosiva como lo fueron los testimonios de los paramilitares.

La advertencia del filósofo George Santayana, a su vez tomada del estadista Edmund Burke, dice: «quien no conoce la historia está condenado a repetirla».

Y esas palabras se repiten tanto que nosotros estamos ya condenados a creer que son ciertas.

Sin embargo, si algo enseña el conocimiento histórico es que el pasado no es un manual de instrucciones para vivir el presente. Por eso hay historias que se repiten a pesar de conocerlas, como lo demuestran los ejemplos de Vietnam e Irak para los Estados Unidos, y el hecho de que Adolf Hitler hubiera repetido los errores de la campaña napoleónica, una de las que estudió con la mayor profundidad.

Estos ejemplos, si bien son lugares comunes, sugieren que se puede estudiar la historia, y quizás por ello repetirla, cuando se interpretan de forma equivocada las lecciones. Errar es tan humano como conocer.

Pero así se logre un panorama más o menos claro del hilo de secuencias y consecuencias de la historia, no hay ninguna garantía de no repetición. Esto porque, como también sabe cualquiera que estudie la historia, hay elementos aleatorios que hacen imposible diseñar un modelo de interpretación basado en sus repeticiones. Cada historia es única. De hecho, la historia casi nunca se repite, incluso cuando se desconoce.

En Colombia hay quienes creen que conocer con suficiente detalle los orígenes de la violencia bipartidista, el nacimiento de las autodefensas campesinas, la creación de «Repúblicas» independientes como Marquetalia, el fraude electoral gestado por Pastrana y los Lleras (cuya responsabilidad en la violencia vale la pena recordar, ya que esta semana fueron mencionados los Gómez), el inicio de los carteles de la droga, el origen de los paramilitares vinculados a los carteles de la droga, en fin, que todo este conocimiento acumulado nos va a redimir de la barbarie.

Ojalá fuera tan fácil. De serlo ya nos habríamos salvado, pero el problema en Colombia no es el desconocimiento de la verdad, porque buena parte de esa verdad no es secreto, sino el perpetuar un sistema diseñado para proteger a las mafias, sean ellas políticas, empresariales, militares, guerrilleras, paramilitares, bacriminales o llanamente criminales. Incluso cuando se sabe la verdad.

El problema es que, a causa de las incontables mafias de Colombia, conocer la historia, la verdad, el pasado, hace poca o ninguna diferencia.

El gran reto para enjuiciar a los grandes hampones no siempre es recoger las pruebas. Muchas veces saltan a la vista de todo el mundo. Son evidentes. Lo difícil es impedir que manipulen la justicia o las leyes para blindarse, o utilicen las balas para silenciar fiscales, testigos y periodistas.

Por no ir más lejos tomemos el ejemplo de Kiko Gómez, ex gobernador de la Guajira. A pesar de la gravedad de las acusaciones en su contra, está a un paso de la libertad. Entretanto, sus secuaces amenazan de muerte a fiscales y a periodistas que lo denuncian, como Gonzalo Guillén.

Así que el problema es menos la falta de conocimiento que la incapacidad de actuar con base en ese conocimiento. El problema es menos la ignorancia que el silencio impuesto por la mafia.

Una Comisión de la Verdad, aunque es una propuesta noble y daño, sin duda, no puede hacer, no es el antídoto para no repetir el pasado. De hecho, poco o nada hará por reducir las causas de la violencia, pues no viene acompañada de una auténtica justicia transicional.

Es que ni siquiera hay una transición, por no hablar ya de justicia. Un grupo criminal entrega sus armas y se incorpora a la vida civil. A una estructura mafiosa del estado colombiano que no va a cambiar gracias al proceso de paz de La Habana.

Unas negociaciones que esperemos sean exitosas, no porque vayan a crear una nueva Colombia en paz, sino porque no hay camino práctico más certero que ese para reducir en algo los índices de violencia del país, y hacer algunas regiones menos letales para sus habitantes.

Por eso, finalmente, esta Comisión de la Verdad será menos significativa, en términos políticos, de lo que fueron los testimonios de los paramilitares, que ayudaron a abrir las puertas que desentrañaron la parapolítica.

En realidad, el mayor mérito histórico de la Comisión de la Verdad no es lo que hará sino lo que ya hizo: puso a marchar de nuevo las negociaciones de paz de La Habana, justo cuando atravesaban una de sus peores crisis.


Twitter: @santiagovillach

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