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La gran incógnita

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NINGÚN GRUPO HUMANO GENE- ra tanta inquietud ni suscita tantas preguntas como el de los jóvenes. Los del mundo, pero en especial los de Colombia.

En un país serio, con un propósito claro de sociedad, ellos deberían ser el foco de máxima atención. Como problema pero también como oportunidad: como presente y como futuro.

Son 14 millones en Colombia. Nacieron en algún año de estas tres décadas de conflicto y se han hecho mayores con una pasividad pasmosa, sin protestar, sin decir basta. Se han acostumbrado, sin impactarse, al horror en las imágenes de televisión pero también la descomposición de una dirigencia que ha ido perdiendo la vergüenza, cayendo uno a uno en la tentación de la corrupción. Una generación de adultos que para ellos, más que una referencia debe irles generando una decepción mayor.

Y entre este gran número de muchachos y muchachas, muchos provienen de los sectores populares. Empiezan la vida sin alternativas, con frustraciones prematuras. Golpeados por la violencia —son ellos quienes ponen los muertos urbanos, pero son ellos los que aprietan el gatillo en el ejército regular, en la insurgencia, en las pandillas, en las bacrim—. Enfrentados a un estrecho cerco laboral son también un motor de creatividad que puede tomar cualquier rumbo con energía y ganas de vivir o de destruir.

La invitación a convertirse en ciudadanos activos debería ser el propósito de todo líder político, del nivel local y nacional. Pero contrariamente son los jóvenes los grandes ausentes como tema de reflexión y como actores del debate. Igual ocurre con los temas a los que están íntimamente ligados como son la cultura y el medio ambiente, una triada que podría ser un motor de cambio, dinamizador de las fuerzas sociales. Son ellos quienes más conciencia tienen de la urgencia de proteger el planeta, la naturaleza, los animales y son también ellos quienes han hecho de la cultura un medio de cohesión social, finalmente el eje de las identidades personales y de la nacional. Su mirada escéptica y escrutadora sería un alimento indispensable para quienes quieran tomarse en serio el ejercicio de gobernar a Colombia.

Pero quienes ostentan el poder de decidir no parecen estar dispuestos a romper inercias ni rutinas. Olvidan que la tarea fundamental de todo gobernante es contribuir a crear condiciones para que la gente finalmente sea feliz. Algo tan simple como profundo. Una felicidad que se construye interactuando, comunicándose de manera desprevenida, sincera, fluida y porque no decirlo: afectiva. Y de eso sí que saben los jóvenes, cuando tienen la posibilidad de escapar a las confrontaciones de barriada, a la muerte en las guerras bobas, a la violencia inútil que se lleva a tantos.

Son ellos, los sobrevivientes de estos años aciagos, quienes tendrán que rearmar el país del llamado post-conflicto, aquel que irá emergiendo una vez se logren apaciguar las bombas rastreras y los bombardeos con la firma de la paz en La Habana. Ellos que siguen a la espera de que alguien tenga la lucidez de oírlos. De tenerlos en cuenta a la hora de las decisiones. Alguien que logre interpretar ese país que sueñan que sigue siendo la gran incógnita por descifrar.

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