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ES NOTABLE, CADA AÑO Y CADA VEZ en más lugares, la gran cantidad de turistas que inunda las ciudades del mundo.
Y el fenómeno tiene muchas ventajas, aunque, como todo en la vida, no deja de tener sus desventajas, como la de tener que aguantar la manera tosca en la que quieren los turistas imponer su ley. Estaba yo, hace unos meses, esperando a que mi amigo Hernán llegara a mi encuentro y contemplaba ensimismado el horizonte. No puedo precisar en qué pensaba en aquella tarde ya lejana, pero lo cierto es que un brazo extraño, que no resultó ser el de Hernán, y un reclamo brevísimo me sacaron de mi ensoñación. Se trataba de un asiático que con la desvergüenza del caso me había espetado un lacónico y descarado «Muve plis» para que me moviera del rinconcito en el que esperaba sentado porque consideró que yo le estaba estorbando la perspectiva para tomar la foto de sus tres amigos ojirrasgados. No encontró solución distinta el chino —o coreano o japonés; da igual de dónde fueran— para tomar su foto de la Torre Eiffel que la de moverme de mi sitio; no pudo esperar un poco o moverse él para tomar su foto de postal o la foto que se le antojara. El hecho, por lo demás, es bastante diciente de la manera esquemática y consabida en la que hoy se hace turismo: el que visita la ciudad no se deja empapar por la ciudad misma, por lo que ella tiene para ofrecer, sino que cada quien va con su idea preconcebida y con ansias de tomar su foto de postal. No vamos en busca de lo que la ciudad es, sino al encuentro de lo que nos dijeron que era o debía ser… Y la actitud del turista aquel, en su epigramático desparpajo, muestra toda la grosería y toda la rusticidad del fenómeno. Aquí lo importante es tomar su foto a como dé lugar. Y la foto que ellos quieren, la de postal; la que habían visto en la tienda de turistas de la esquina o de su país, la misma que ya todos o tantos se han tomado, con la torre o la iglesia de fondo y con ellos en primer plano, como un burdo montaje que se hiciera sobre la marcha en el lugar. Como ellos quieran y donde quieran y a la hora que quieran; los turistas. No importa si para ello hay que despertar o incomodar al prójimo, o si hay que molestarlo o impedirle que también él contemple la fachada, la exposición o el paisaje; ese paisaje que antes era tan democrático y que ahora parece pertenecer a los turistas. Y ningún lugar les parece suficientemente recogido o suficientemente sagrado como para ser respetado. Da igual en donde nos encontremos; tanto da si en la iglesia se está celebrando el oficio o si los circunstantes contemplan, sobrecogidos, la belleza de una obra de arte, «muve plis» que yo vine a tomar mi foto. Nada importa que —para poner el caso emblemático del museo— esa fotografía ya se haya tomado, con un trípode y una cámara profesional, a la distancia justa y con la luz adecuada y que pueda encontrarse con mejor resolución en la tienda del museo o de manera gratuita en la red; no, aquí lo que importa es tomar la foto o decir que la tomamos, aunque para ello haya que molestar al otro. Aunque, hoy, es verdad, el otro poco importa.