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Política internacional y fútbol

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Las investigaciones criminales abiertas en Estados Unidos y Suiza a raíz de acusaciones de corrupción al interior de la FIFA, sumadas a la polémica reelección de “Sepp” Blatter, invitan a pensar más allá de la coyuntura, en la relación entre el deporte y la política internacional.

Aún más que las Olimpiadas, el fútbol, por el dinero que mueve, el número de miembros que participan en su estructura de gobierno —209 hoy, en 1904 eran 8— y las multitudinarias audiencias, está en el centro del quehacer global. Los enfrentamientos entre naciones y escándalos de compra de votos para influenciar la selección de sedes ilustran que el balompié está sujeto a una constante presión de los Estados y los intereses transnacionales privados.  A su vez, está permeado por el debate sociopolítico, como se ha evidenciado en la controversia sobre la escogencia de Rusia y Catar por su trato discriminatorio hacia la comunidad LGBT, y en el caso del segundo, por la violación de los derechos laborales y muerte de trabajadores migrantes en el sector de la construcción. Al mismo tiempo, la historia de la FIFA es reflejo de cambios en el sistema mundial.  Luego de ser un club esencialmente europeo con algo de  participación sudamericana, a partir de los 70 se internacionalizó y se desoccidentalizó de la mano del proceso de descolonización de África y Asia.   Desde que fue elegido Blatter por primera vez en 1998, la alineación estratégica con el “tercer mundo” mediante la crítica al eurocentrismo y el asistencialismo futbolístico ha sido la fórmula  para mantenerse en el poder. En el caso de África, por ejemplo, cuya federación continental es la más grande del mundo y por ende la de mayor peso electoral, no solo ha entregado millones de dólares para el desarrollo del deporte allí, sino que apoyó enérgicamente la nominación de Sudáfrica como sede de la Copa Mundial en 2010.   De forma similar, podría pensarse que la selección de Rusia y Catar como sedes en 2018 y 2020 obedeció a un reconocimiento tácito del ascenso geopolítico y económico de estos dos países. Ante las reiteradas críticas de  Estados Unidos o Gran Bretaña —cuya desvergüenza las ha llevado a posar de guardianes del “fútbol limpio”—, Blatter acostumbra descalificarlas como “imperialistas”, con sorprendente eco no solo entre el Sur global sino en Rusia, donde Vladimir Putin ha hecho la risible acusación de que Washington está manipulando el deporte con fines políticos. Es quimérico esperar que la indignación moral mundial por la corrupción e impropiedad de la FIFA sea motivo de reforma de una organización que es en esencia antidemocrática.  Sin embargo, de retirar el patrocinio Visa, Adidas o Coca Cola en respuesta a su creciente deslegitimidad, y como ocurre frecuentemente en política internacional, ¿cabe imaginar (con algo de cinismo) que el dinero fuerce un cambio en el fútbol?

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