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LAS RECIENTES CONFRONTACIONES militares y la pérdida de vidas humanas llevan a muchos a pensar que la paz está sobre suelo frágil.
Lo anterior se hace aún más crítico cuando revisamos el primer punto, ya acordado, pues la llamada Reforma Rural Integral (RRI) también se proyecta sobre suelos frágiles.
La firma del acuerdo debe significar una mejora en la calidad de vida de todos los colombianos, y en especial de los habitantes de los territorios prioritarios para la construcción de paz, víctimas por excelencia de la confrontación armada.
La RRI propone titular la tierra a los campesinos ubicados en las zonas de frontera agrícola, donde la reserva forestal ha limitado la expansión de las unidades agrícolas familiares, frenando la transformación del bosque en cultivos de pancoger y áreas de producción ganadera. Lo acordado llevaría a procesos expeditos de titulación, a la construcción inmediata de carreteras para vincular al productor rural con el mercado, la construcción de puestos de salud y escuelas, interconexión eléctrica, asistencia técnica y crédito.
Si con lo anterior se impulsan sistemas productivos agropecuarios como los que hasta ahora predominan en el espacio rural colombiano, estamos haciendo más de lo mismo y no es difícil predecir que el fracaso social y ambiental en el mediano plazo será contundente y muchas acciones ya no tendrán vuelta atrás, pues la oferta natural destruida, sus ecosistemas y servicios ecosistémicos, es irrecuperable o requiere grandes inversiones para su reposición parcial. Estos grandes costos se asumirían con la sana intención de lograr consolidar la paz, pero vale aclarar que transformar toda la Amazonia colombiana y el Andén Pacífico en ganadería extensiva como la que hoy ocupa el 80% del paisaje rural transformado en Colombia sólo contribuiría a incrementar el PIB en menos de 1% y ello no constituye una RRI.
La transformación de la ruralidad exige pensar el campo desde una perspectiva que supere la destrucción de los ecosistemas naturales en espacios para monocultivos y praderas sin árboles. Hoy las áreas de frontera agrícola están cubiertas por bosque sobre suelos predominantemente malos y frágiles que requieren innovación y una aproximación multidimensional si se quiere evitar la desertificación y la pobreza.
Establecer procesos productivos sostenibles en áreas de suelos frágiles no es fácil, y hasta ahora tenemos pocas gestiones exitosas. Según análisis de Naciones Unidas, más del 90% de los municipios prioritarios para la construcción de la paz en el posacuerdo tienen gran fragilidad y presentan limitaciones para su uso agropecuario. La firma del acuerdo es una oportunidad para buscar alternativas que requieren tiempo, innovación, tecnología y recursos financieros. En el corto plazo es indispensable mejorar las condiciones de vida. Así que mientras se identifican y acuerdan alternativas y procesos viables y sostenibles debemos aplicar programas de pago por servicios ambientales que nos permitan conservar los ecosistemas naturales. La tarea no es fácil, pero hay avances como café y cacao asociados al bosque, ganado y silvopastoriles y productos asociados al uso directo de componentes de la biodiversidad. Exploremos opciones sin tener la motosierra en el cuello.
@Juparus