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Explorando su vida personal y profesional, pueden buscarse varias interpretaciones a este desencuentro con la gloria. Una interpretación freudiana remite a las dos reglas que regían en su familia texana: respetar a las mujeres y no mentir nunca.
Según esos principios de reivindicación de la igualdad de género y de decir la verdad y nada más que la verdad, no es raro que su primera opción fuera la de ser abogado. Pero en un giro inesperado, la actuación, justamente el arte del engaño, se coló en su vida.
Y Matthew, el benjamín de los McConaughey, tras un paso breve por Australia, acabó en Hollywood, la fábrica de sueños (y señuelos) y mercado de la carne, especialmente femenina.
Sin embargo, aunque no es precisamente un niño bueno, ha mantenido esas dos coordenadas básicas en su vida. Su sinceridad le ha llevado a confesar costumbres tan inconfesables como que no usa ni colonia ni desodorante o a alabar el consumo de marihuana, aunque haya sido capaz de convencer como abogado, como sacerdote o como psicópata en la pantalla.
Respetar a las mujeres le ha hecho, en ocasiones, empaparse de algunos de los tópicos más tranochados del universo femenino: escribir un "querido diario" en internet en su web oficial, rescatar mascotas tras el huracán Katrina o lucir escotes que han acaparado más flashes que los de sus compañeras.
Profesionalmente, las consecuencias han sido más preocupantes: en pos de la venganza histórica feminista, se ha condenado a asumir el rol de "hombre objeto" de las comedias románticas del nuevo siglo, al servicio de Jennifer López o Kate Hudson.
Con ellas, tan eficaces y rentables como rápidamente olvidables, McConaughey ha logrado seguir el esquema de su productora ‘Just keep living’ (simplemente sigue viviendo) -también el nombre de su marca de ropa- y mantener su estatus en Hollywood, pero parece haber renunciado a la posteridad.
Esa posteridad para la que parecía predestinado pero que, de momento, se le escapa. McConaughey es un caso clásico, en el fondo: como su ex pareja, Penélope Cruz, fue víctima de una grandísima campaña por parte de Hollywood que vendía la piel del oso antes de cazarlo. Fue enormemente popular antes de que se estrenaran sus películas.
La gran promesa de los noventa
Los noventa, la que estaba llamada a ser su década prodigiosa, eran tiempos difíciles: el concepto de superproducción de Hollywood veía peligrar su poderío mientras el cine independiente demostraba su rentabilidad, comenzaba a colarse en los Oscar y, además, se
convertía en una cantera de estrellas.
Allí encontraron a Matthew: en medio de una película de John Sayles llamada ‘Lone Star’ (1996), finalista por sorpresa al Oscar al mejor guión.
Su papel no era grande, pero su potencial era inmenso. Además, como otras estrellas emergentes del momento, al igual que Gwyneth Paltrow o Renee Zellwegger, tenía esa virtud tan da moda que era un apellido impronunciable.
Pero, paradójicamente, quisieron convertirlo en un héroe a la antigua, en un resquicio del Hollywood dorado que funcionó sólo en un principio.
Como plataforma para su lanzamiento, además de la invasión de portadas en todas las revistas, nada mejor que lo que, en su momento, era garantía de éxito: un thriller basado en un best seller de John Grisham.
‘A Time to Kill’, en el mismo 1996, fue su bautismo con el gran público: se emparejó con su madrina, Sandra Bullock, y estuvo a la altura de su padrino, Samuel L.Jackson.
A la "ceremonia" acudieron millones de espectadores que hicieron sobrepasar a la película la cifra mágica de los 100 millones de recaudación en Estados Unidos. Era la barrera del éxito.
Así, sonó como candidato a protagonizar la que sería la película más exitosa de todos los tiempos, ‘Titanic’ (1997), pero no pudo ser. Como compensación, tres grandes nombres llamaron a su puerta: Steven Spielberg, Robert Zemeckis y Ron Howard.
El Rey Midas de Hollywood quería enfundarse de nuevo su piel de director serio, tras arrasar en los Oscar con ‘Schindler’s List’ (1993), para abordar el esclavitud en ‘Amistad’ (1998) y, en un reparto multiestelar dejó un hueco para Matthew.
Robert Zemeckis, en dique seco desde el superéxito de ‘Forrest Gump’ (1994), volvía por todo lo alto con ‘Contact’ (1998), un drama entre cósmico y espiritual a la mayor gloria de Jodie Foster, pero donde tenía un papel reservado para McCounaghey.
Y Ron Howard preparaba una sátira sobre el mundo de la televisión, entonces efervescente gracias al reality-show, llamada ‘EdTV’ (1999) y, ésta sí, con el actor texano como máximo protagonista.
Pero algo falló y las tres fracasaron en sus ambiciones. ‘Amistad’ dejó tan frío al público como la crítica; ‘Contact’ cubrió costes pero poco más y a ‘EdTV’ se le adelantó, en tiempo y calidad, ‘The Truman Show’, de Peter Weir.
Después de unirse a Ethan Hawke en ‘The Newton Boys’ -del que fue uno de sus descubridores, Richard Linkater-, y que se estrenó en DVD en la mayor parte de los mercados, y de protagonizar la digna pero discreta ‘U-571′ (2001), McConaughey comenzaba a saborear el amargo regusto de la decepción.
Dirigirse al público femenino
Seguía apareciendo en las revistas gracias a sus fotos haciendo deporte y mostrando un torso espectacular o como pareja de Ashley Judd y Patricia Arquette. Tampoco faltaba, asimismo, en las listas de los hombres más deseados. Pero no llevaba a la gente a los cines.
En una conclusión tan simplista como eficaz, decidió destinar sus películas a quienes confeccionan esas listas: las mujeres. ¿Su género favorito? La comedia romántica. Y así aplicó otro lema: el que daba título a uno de sus primero filmes: ‘Boys on the Side’ (los chicos a un lado).
Dicho y hecho: ‘The Wedding Planner’ (2001), donde ayudaba a una Jennifer López en plena explosión polifacética a organizar bodas, fue su película más rentable en años.
A ella le siguió ‘How To Lose a Guy in 10 Days’ (2003), su mayor éxito hasta la fecha y en la que descubrió una química infalible con Kate Hudson, al más puro estilo Doris Day y Rock Hudson, y que repetirían, de nuevo con éxito, en ‘Fool’s Gold’ (2008).
‘Failure to Launch’, al lado de Sarah Jessica Parker y su último estreno, ‘Ghosts of Girlfriends Past’, junto a Jennifer Gardner, van construyendo ese camino del que el propio McConaughey a veces sigue intentando desviarse en vano.
Y es que tanto su incursión en el cine de aventuras ‘Sahara’, al lado de Penélope Cruz y que no cubrió gastos, o en el drama deportivo ‘Two For the Money’, en un duelo interpretativo con Al Pacino en el que se repartieron la derrota, confirman tanto el encasillamiento de McConaughey como su voluntad de cambio, que le ha llevado también a emprender viajes por todo el mundo en condiciones poco dignas de una estrella.
Según su diario on line, y tras haber alumbrado a su segundo hijo con la que parece su novia más estable, Camila Alves, en su vida se acabaron los excesos y llegó la satisfacción.
Cambia el exhibicionismo de su cuerpo por el de su alma. Pero la pregunta sigue en el aire, ¿cuándo la estrella tocará la carrera de Matthew McConaughey?