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Está tomando impulso la iniciativa de encender la llama de paz los jueves a las 5 de la tarde en los municipios de Colombia.
Se hizo en Bogotá el 9 de abril pasado en el Centro de Memoria, antes de la marcha, por parte de tres manos que se alzaron al tiempo hacia el pebetero: la del Presidente de la República, la del Alcalde Mayor de la ciudad y la de la sociedad materializada en las tiernas manos de una niña negra, una niña indígena y una niña campesina.
Este simbolismo es expresión de la diversa acción por la paz que surge desde muchos rincones de la sociedad colombiana. Inclusive las insurgencias no dejaron de hacerse sentir enviando mensajes que fueron vistos por la multitud movilizada en medio de los conciertos y la algarabía multicolor y polifónica. Se dice que hasta soldados y policías de civil y algunos en uniforme estaban entre los manifestantes por la paz política.
No todo es lo mismo en este abigarrado conjunto de expresiones societales, pero una cosa es cierta: ante las perplejidades y fragilidades del proceso una promisoria dinámica de iniciativa ciudadana surge apuntando a la construcción de voluntad nacional de paz. La nefasta ocurrencia de hechos bélicos que han significado la muerte de soldados, guerrilleros y numerosas víctimas de comunidades inermes, incluso niños, ha sido oportunidad para pronunciamientos de los más diversos sectores en defensa del proceso.
Magnífico síntoma. Estoy seguro que Orlando Fals Borda, el sociólogo amigo del Padre Camilo Torres, el Camilo del Frente Unido del Pueblo, nos estaría llamando la atención sobre la potencialidad de estas acciones colectivas, para indicarnos que del magma popular en ebullición puede surgir una nueva realidad, es decir, un nuevo continente social y político, la tierra firme de una paz imperfecta pero perfectible, un país que avanza hacia la justicia social, la vida digna y una democracia de mayor intensidad.
Numerosas iniciativas están en curso para defender y profundizar el proceso por parte de las Comisiones de Paz de Cámara y Senado, el Consejo Nacional de Paz, los Consejos Municipales y Departamentales de Paz, unos que se reactivan, otros que se crean, la construcción de Pactos Regionales de Paz como comienza a ocurrir en el Bajo Cauca, la Pastoral Social Católica y otras iglesias cristianas que crean condiciones a la reconciliación, gobiernos subnacionales como los de Bogotá, Medellín, Meta, Arauca, Atlántico, Antioquia que aplican recursos a la reparación de víctimas y la organización de las comunidades locales para la paz.
Alienta esta dinámica el hecho sorprendente de que aún en medio de las dificultades que experimenta la Mesa de La Habana se abre camino la cooperación entre contendientes como es el comienzo del desminado en varias regiones del país fruto de un entendimiento entre militares y guerrilleros.
Cuba y Noruega, autorizados países garantes, han pedido a las partes avanzar en el desescalonamiento hacia el cese bilateral de fuegos. Uruguay, cuyo excanciller, Luis Almagro, es ahora Secretario General de la OEA, será sede del II Foro Continental por la Paz de Colombia en próximos días.
Quizá lo más importante de este despertar societal por la paz, estimulado por la fatiga con la guerra, sea la naciente confluencia que surge para canalizar tantas y tan valiosas iniciativas, a lo cual se están aplicando actores ya mencionados y otros como Frente Amplio, Clamor Social, Cumbre Agraria, Unión Sindical Obrera-USO, Viva la Ciudadanía, Redepaz, Instituto Pensar-UJ, y muchos más que no alcanzo a mencionar. Así crece todos los días la llama de la paz en medio de la guerra.
@luisisandoval