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En las tragedias causadas por avalanchas se conjugan siempre los mismos elementos: condiciones de alta pendiente, ríos torrenciales, asentamientos y usos del suelo en los valles de inundación.
Países del primer mundo con topografías similares también han sufrido estas catástrofes. La diferencia con las nuestras es lo que pasa después. Avalanchas como las de la del río Páez en Cauca y Huila; las de las quebradas Ayurá, El Barro y La Honda, en el Valle de Aburrá; las del río Tapartó en Andes (Antioquia), y la de la quebrada La Liboriana, en Salgar (Antioquia), parecen no haber dejado lecciones suficientes para el futuro. Se debería considerar la prevención del riesgo y evitar el asentamiento en zonas de influencia de crecidas torrenciales, erosión, movimientos de masa, sismos y volcanes. Paradójicamente, en nuestro país se hace lo contrario: se construyen grandes poblaciones en zonas peligrosas, los valles fértiles e inundables se urbanizan, se deforestan las cabeceras de los ríos, etc. Pasan las tragedias y se reconstruyen los puentes con las mismas dimensiones, se continúa con las prácticas de degradación y la conciencia social no pide un cambio, si no que se conforma y olvida. El culpable es nadie o somos todos.Trasladar poblaciones y reconstruirlas bien es el ideal, pero también es costoso. Tendrían que pasar varios “Gramalotes” en cada pueblo mal situado para que eso motive a los gobiernos a hacerlo. Es claro y clave el papel que cumplen las instituciones oficiales en estas situaciones y mirando hacia el futuro, cada una cumpliendo bien su función con los suficientes recursos, personal competente y apoyo de las comunidades bien informadas. A la universidad le corresponde seguir profundizando en el conocimiento del territorio y transferirlo a la sociedad, planteando alternativas y acompañando los procesos formativos. Por lo pronto, no queda más que poner alarmas y alertas tempranas, y rogar para que no se las roben; evacuar a las personas más vulnerables, insistir en los retiros a los ríos y seguir confiando en el buen olfato, oído y vista de la gente para que cuando el aire huela, el río suene y la tierra tiemble, es porque se vino una avalancha. * Fabio Vélez, Juan Pablo Salazar, César Olmos – Investigadores de la Universidad de Antioquia.