Corrupción y religión

Mario Méndez
09 de julio de 2017 – 11:24 p. m.

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Bueno. Ningún corrupto escribió para referirse a nuestra columna del 27 de junio. Seguramente los plutófilos (no simplemente plutómanos) responden a lo que con tanto ácido dicen los del grupo Les Luthiers: “Tener la conciencia limpia es síntoma de mala memoria”. Pero hoy, en serio, queremos referirnos a otros aspectos del flagelo que ya llega al tope, empezando por la religión. Ya hablaremos de la política y la cultura, y de pronto de otros ámbitos que vayan apareciendo en las cavilaciones que suscita un problema que ya unta incluso a funcionarios anticorrupción (¡¿?!).

La iglesia predominante hace alarde de que Colombia es uno de los países más católicos del mundo. Si partimos del hecho indiscutible de que todas las religiones descansan sobre valores universalmente aceptados, ¿por qué asimismo somos tan proclives a caerle al centavo ajeno, y, peor, al erario? El catolicismo tiene el inmenso reto de hacer coherentes los principios con la práctica, en lo cual quizás el papa Francisco está de acuerdo en que el asunto cojea gravemente. ¿Cómo así que los que van a misa, rezan y bautizan a sus hijos son los mismos que se aprovechan del patrimonio público? ¡Porque estos últimos no son agentes extraterrestres que llegan a caerle a la cosa pública! (Es necesario aclarar que el sector privado no se salva).

¿Alguien vendrá a decirnos que no, que los ladrones de escritorio pertenecen a otros confesiones religiosas o son librepensadores? “No nos hágamos tarugos”, diría la Chimoltrufia de Roberto Gómez Bolaños, aunque es claro que entre el hecho religioso y los hechos de corrupción no hay una correspondencia exacta. ¡Obvio que no! De modo que, como mayoría, los continuadores de los jerarcas del pensamiento predominante en la España del momento de la Conquista, que obraron al unísono con los funcionarios del Reino y trajeron el credo católico a estas tierras, lo impusieron y siguen fomentándolo hasta nuestros días, deberán ayudar a enderezar las cargas de la moral pública, que hiede por todos lados.

Creemos que hoy no es aceptable cierto descaro que encierra aquello de pecar y empatar con la práctica sacramental de la oración, el arrepentimiento, la confesión, el borrón y cuenta nueva. Al respecto, en la base del cisma luterano estuvo el rechazo del monje alemán a la forma como se manejaba lo relativo a las indulgencias, cuya adquisición, se dice, aseguraba la salvación de quien las comprara, ¡incluso en lo tocante con la conducta personal posterior al desembolso!

En estas reflexiones, claro está, debemos hacer salvedades de bulto y que se unen a las posiciones del papa: ¡cómo desconocer el apostolado de sacerdotes como Gabriel Giraldo y el jesuita Francisco de Roux! Y vale la pena traer a colación la confidencia de un amigo párroco: “Cómo me duele que los asistentes a mis misas no sean la mejor gente del barrio”.

Abrochemos el tema de hoy reafirmando que la jerarquía religiosa (no sólo la católica) tiene una grave responsabilidad: buscar que, hasta donde sea humanamente posible, preceptos y conducta no vayan por caminos divergentes, pues lo que viene pasando con la corrupción en el país es sumamente preocupante.

* Sociólogo Universidad Nacional.

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