
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Cartagena es la manifestación de la paradoja de esta Colombia que progresa económicamente sin poder distribuir los beneficios de manera equitativa. Pese a ser una ciudad referente internacional, en medio de un boom turístico e industrial, las cifras de pobreza y pobreza extrema en su territorio son alarmantes y vienen en aumento. Un informe reciente confirma lo que varios estudiosos han denunciado. Se deben intervenir cuanto antes, y de manera contundente, los focos de desigualdad de la ciudad.
Esta semana se presentó el informe de Calidad de Vida Cartagena Cómo Vamos 2016, con resultados lamentables: por primera vez en nueve años, la pobreza aumentó; 294.895 cartageneros (29,1 % de la población de la ciudad) vive en la pobreza y 55.000 (5,5 %) vive en la pobreza extrema; la ciudad, además, tiene 34 pandillas repartidas en 20 barrios. Contrasta, entonces, el auge del atractivo de Cartagena como destino turístico con la desigualdad abismal de la que es hogar.
Este diagnóstico no es nuevo. Hace unos meses, Adolfo Meisel, codirector del Banco de la República, y Jhorland Ayala, economista del Centro de Estudios Económicos Regionales del Banco de la República, publicaron el artículo “La exclusión en los tiempos del auge: el caso de Cartagena”, donde concluyeron que esta es la segunda ciudad con el mayor índice de exclusión social entre las trece principales ciudades colombianas.
También encontraron que hay como mínimo 20.237 personas que viven en zonas de alto riesgo o zonas de invasión, 72.886 personas no cuentan con acceso al servicio de acueducto, 225.906 habitan viviendas sin alcantarillado y 68.350 niños en edad escolar no asistían a la escuela en 2016. El 75 % de la pobreza y el 78 % de la pobreza extrema de Cartagena están concentrados en los barrios aledaños a la ciénaga de la Virgen, la loma de Albornoz y las faldas del cerro de La Popa.
No es aceptable que las ciudades icónicas del país tengan una bonanza de ingresos y, al mismo tiempo, dejen a muchos de sus pobladores rezagados. ¿Para qué sirve el bienestar si no se puede distribuir? No es coincidencia, además, que los barrios más afectados sean de mayoría afrodescendiente y otra población históricamente vulnerable. Son deudas que la sociedad cartagenera tiene y no ha podido atender.
Sin embargo, no todo son malas noticias. En un texto publicado en El Espectador, Ayala y Meisel señalaron que existe una alianza en la que líderes académicos, políticos y empresarios discuten y diseñan acciones relacionadas con las necesidades de inversión de Cartagena. También, entonces, hay un diagnóstico de posibles soluciones: intervenir en los barrios más afectados con inversiones serias y continuadas en educación, desarrollo de las comunidades y cultura ciudadana.
Suena sencillo, pero la experiencia ha demostrado que los procesos de intervención estatal deben ser muy bien planeados y, sobre todo, sobrevivir a los constantes cambios en la voluntad política. Todo el liderazgo cartagenero debe reconocer que es una prioridad empezar a disminuir la brecha de la desigualdad y demostrarles a todos los ciudadanos que la ciudad y sus instituciones invierten en ellos y en su futuro. Siempre da buenos frutos invertir en la gente. Ojalá se vean resultados pronto.
¿Está en desacuerdo con este editorial? Envíe su antieditorial de 500 palabras a yosoyespectador@gmail.com.