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Entre mañana y el martes se tiene estimado, si el clima lo permite, la entrega de los otros, entre ellos el ex gobernador del Meta Alan Jara y el ex diputado del Valle Sigifredo López.
Pulularán en estos días las imágenes dramáticas de estos hombres regresando de la infamia del secuestro a la vida, se nos escurrirán las lágrimas otra vez viendo el reencuentro de familias destrozadas de por vida por decisión de unos cuantos criminales y nos uniremos a la alegría de saber que, al menos para ellos seis, el largo calvario llegará a su término, por fin. Pero pasada esa combinación de regocijo y de repudio en el calor de los hechos, habrán de comenzar los análisis sobre las enseñanzas que deja esta liberación y la búsqueda de proyección a los acercamientos que han venido promoviendo los “Colombianos y colombianas por la paz” que la hicieron posible.
Demasiados argumentos se han desperdiciado esta semana previa para intentar definir si la entrega unilateral debe ser entendida como un gesto humanitario o como una mera estrategia política de parte de las Farc en busca de recuperar algo de la legitimidad que perdieron por completo en su barbarie. Ciertamente resulta indignante aceptar como humanitario el cese de una acción absolutamente inhumana como el secuestro de años del que hoy comienzan a salir seis colombianos, pero a la vez, en medio de la lógica de la guerra degradada que vivimos, una liberación unilateral como la presente debe ser ineludiblemente entendida como un gesto de buena voluntad. Y tal vez así, poniendo en remojo los blanco-o-negros radicales y permitiendo que los grises entren en juego, sea la manera de empezar a abrir puertas.
Esa, quizás, es la mayor enseñanza que deja este proceso de liberación, tan diferente de los anteriores. Ya desde el anuncio celebrábamos el cambio de actitud de todos los actores para permitir este momento feliz: el Gobierno, de las recriminaciones y los dobles sentidos, a la colaboración; Piedad Córdoba, de la confrontación y los eufemismos frente a la guerrilla con inusitado protagonismo mediático, al respeto institucional y la prudencia; las Farc, de inamovibles como el despeje y el protagonismo de sus “amigos” internacionales, a un gesto unilateral. Por primera vez, con lo difícil que para unos y otros debió ser permitirlo, la suerte de estos seis colombianos se puso por delante de las convicciones personales y de los juegos políticos.
Empero, por muy felices escenas que veamos en estos días y por esperanzadora que resulte esta actitud contrita de los actores, no hay que caer en la euforia, y de ahí, en el optimismo desmesurado o la ingenuidad paralizante. Muy prematuro, y contraproducente, nos luce que se hable ya de que esta liberación conducirá a acuerdos humanitarios e incluso a un proceso de paz. El camino hacia metas tan altas es demasiado largo y las heridas de la confrontación en extremo grandes como para pretender que se pueden borrar con una liberación como la que celebraremos en estos tres días. No se trata sólo de que el ataque terrorista de esta semana en Bogotá sea una muestra palpable —si es que fueron las Farc, como es apenas presumible y como lo ha dicho de manera apresurada, y por lo mismo sospechosa, el Gobierno nacional— de que la dinámica del conflicto no cambia mucho con el hecho que hoy celebramos. Más por la sencilla razón de que mientras seis familias se reencuentran esta semana, más de mil siguen separadas de manera infame.
La tarea inmediata, pues, antes de hablar de la paz posible o de la consolidación de la seguridad democrática, tiene que ser la de seguir este mismo camino lento y discreto para sacarlos a todos de la selva y comenzar de a poco a forzar la humanización paulatina de nuestro conflicto.