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ESTA PAZ ESQUIVA QUE PODRÍA ES tara punto de lograrse, atraviesa un momento tan crucial, que el primero en entender que esta semana hable de ella, y después hable de él, de su vida, de su historia, de su corazón y de su carcajada, será mi viejo amigo Otto Morales Benítez, un joven de 94 años que murió justo cuando el país más necesitaba escuchar su testimonio de todos las violencias y de todos los intentos de las paces fallidas.
Porque Otto vivió de cerca la historia del país durante medio siglo. Por eso lamento no haberme apurado a hacerle esa entrevista de muchas horas que ya habíamos convenido… Pero él estaba tan bien, que jamás pensé que dejaría esta vida antes de regresar de vacaciones… El proceso de paz pasa por horas difíciles: hoy más que nunca se requiere inteligencia, generosidad y compresión de la realidad entera, no de una sola parte de ella; se necesita que todos seamos capaces de ponernos en la situación de los otros, en la del Gobierno, en la de las Farc, en la de las víctimas de cada bando, porque todos hemos sufrido la guerra; urge que el presidente, los negociadores y los formadores de opinión, nos salgamos de la cuadratura impuesta por los códigos, para que las negociaciones de paz salgan de esta peligrosa encrucijada que atraviesan por estar atascadas en el dilema de si habrá o no cárcel para las Farc… Sí, se necesita que entendamos que todos, de una manera o de otra, por acción o por omisión, somos responsables del conflicto. Por eso los invito a que meditemos en lo que dijo Antanas Mockus, cuando los muertos aún no pasaban de 50: “Me duelen tanto los 11 militares como los 26 guerrilleros muertos. Echar para atrás me parece un error… Yo les ayudé a unos y otros… Soy culpable sobre todo por omisión… Pero además les guardé…secretos y recursos… Además les traduje… Invito a que no haya más golpes de mano… Me ofrezco a recibir la misma sanción que recibirán los dirigentes de las Farc que quieran reconocerse culpables de crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra”. También yo me ofrezco para recibir esa sanción, si las Farc reconocen las profundas heridas que causaron en cada víctima y en la mayoría del país y se arrepienten por ellas. Porque yo también me reuní con guerrilleros y paras, y al no informarles a las autoridades su paradero, fui su cómplice. Pero es que a veces era peligroso intentarlo: una vez dialogué con el paramilitar que amenazaba al administrador de la finca porque después de quejarme ante una autoridad competente, los paras lo buscaron para decirle: “dígale a su jefa que si sigue hablando mierda lo quebramos”. Entonces lo contacté a través de un finquero de la zona, lo visité en una casa a la entrada del pueblo, me contó que su madre había sido empleada de la portera de la finca, y que su enemigo, el jefe guerrillero de la región, era el hijo del carnicero. Nos despedimos y le prometí que le daría unos pollos que nunca recogió. Las amenazas cesaron. ¡Ese es el país! Por eso los invito a todos —a los guerrilleros y a sus auxiliadores; a los paramilitares, los empresarios que los financiaron y los militares que trabajaron con ellos— a que reconozcan sus faltas. Hagamos un mea culpa colectivo. Si aquí existen siete millones de víctimas, por lo menos hay cien millones de victimarios. Reconozcamos que nuestro proyecto de país, si por ello se entiende un lugar vivible y en paz, ha fracasado. Y luego, como diría el maestro Darío Echandía, dediquémonos a aprender a resolver nuestros conflictos echando lengua y no echando bala.