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Cátedra de la Paz

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Me invitó Ariel Armel a la instalación de la “cátedra de la paz”. Por primera vez le había oído esa expresión a Otto Morales Benítez, en Ibagué, hace unos cincuenta años.

Otto Morales no estaba pensando en una cátedra como la creada por la ley 1732/14. Era, por entonces, un hombre de cuarenta y tantos años que visitaba a un conocido abogado, amigo de mi familia. Yo acompañaba a mi padre, siendo apenas un estudiante. Lo que el Frente Nacional viene desarrollando en el Tolima, dijo, es una “cátedra para la paz”.

Alberto Lleras y Darío Echandía se jugaron a fondo por la paz, agregó Otto. Él y Rafael Parga habían hablado, en varias ocasiones, no sólo con los guerrilleros liberales sino con los comunistas. De hecho unos y otros terminaron desmovilizándose, a no dudarlo, como resultado de aquella cátedra para la paz de que hablaba Otto. El propio ‘Tirofijo’ se desempeñó como inspector de la carretera Planadas-Neiva.

Con la fundación de las Farc y la bandolerización de guerrilleros liberales en los años sesenta, se hizo necesaria otra cátedra de la paz. Por esos días llegó Ariel Armel a la gobernación del Tolima y comenzó a ejercerla visitando escuelas y colegios, pero ahora privilegiando los temas que podían imprimir justicia social al Estado de Derecho y sentido de equidad a la economía de mercado.

Recordé todo esto tiempo después –por los años ochenta- leyendo el libro de James Henderson titulado “Cuando Colombia se desangró”. Allí el autor transcribe una frase estampada por ‘Tirofijo’ en sus ‘Cuadernos’: “La lucha popular armada no fue derrotada por la lucha armada, sino por la política” (El Áncora, p. 229). No parece escrita por Tirofijo, pero sí parece escrita para hoy.

Por esas calendas Otto Morales presidía la Comisión de Paz que había sido conformada por el presidente Belisario Betancur. Fue cuando Otto denunció a los “enemigos agazapados” de la paz, interesados en neutralizar el proceso impulsado el gobierno. Tal vez era ya otro país y otra dirigencia. Quizás también otra guerrilla. El tráfico de drogas lo estaba contaminando todo de agresividad, de corrupción y de violencia.

Al comenzar los noventa Ariel Armel acompañó al cofrade Alfonso Palacio Rudas en su campaña para la Constituyente. Allí revivieron temas puntuales de la cátedra de la paz, que ambos habían manejado años antes desde la gobernación del Tolima. En el año 91 el país suscribió un nuevo pacto que no incluyó a los más antiguos grupos alzados en armas. Tampoco incluyó una pedagogía de la nueva Constitución.

El pacto del 91 se desdibujó. En muchas cosas pero, sobre todo, como pacto de paz. El país dejó crecer un sentimiento bélico, no sólo contra la guerrilla sino contra todo lo que se mueva al frente de cada quien, si está en contra de su parecer. Hace falta la cátedra de paz. Pero también hace falta un nuevo impulso capaz de empujar el proceso, que está al borde de un peligroso bloqueo. Y de más muertos. Ya he oído varias voces: Nadie mejor que la Iglesia Católica para ello. Ojalá el presidente Santos lo considere. La paz es una negociación, pero también una pedagogía. Y, sobre todo, una cultura.

*Ex senador, profesor universitario, @inefable1

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