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El escenario para el nuevo presidente, según sondeo del diario The Washington Post y la cadena ABC, no podría ser más alentador. Un apabullante índice del 79 por ciento de popularidad confirma el éxito obtenido en las urnas, y las miradas de esperanza, en casa y afuera, pronostican un cambio de actitud frente a las directrices que emanen del Departamento de Estado. Y no es para menos: la llegada al cargo de mayor relevancia en el mundo de un hombre joven, de raza negra, demócrata, preparado y conciliador como pocos, conmueve al más desinteresado, invita a soñar con que en efecto un mundo sin discriminaciones ni guerras injustas e inventadas es posible.
Empero, las tareas y los compromisos, como bien nos lo recuerdan por estos días analistas y observadores, no serán fáciles. Algunos, los menos optimistas, desde ya vaticinan el fracaso. El tétrico legado de Bush, más allá de la infinidad de detalles con que podría hacerse una breve historia de la infamia, se expresa en una crisis económica de difícil resolución y una crisis moral derivada del desprecio por los derechos humanos que activó el antiamericanismo a lo largo y ancho del planeta.
Frente a la recesión, las medidas sugeridas, aunque oportunas y bien encaminadas, no serán suficientes, según el grueso de los expertos. Hay quienes estiman que los 825 mil millones de dólares con que Obama pretende reactivar la economía se quedarán cortos frente a la magnitud de la debacle originada en la crisis financiera. En el plano de la crisis moral, tras mostrarse sensible ante la ignominia de los procedimientos de tortura avalados en lugares como Guantánamo e indicar que en el corto plazo es preciso retirar las tropas de Irak, una facción numerosa del mundo, de la que Europa juega un rol protagónico, desea que Obama abandone la guerra contra el terror para retornar a los límites que impone el Estado de Derecho.
En últimas, preocupa que la crisis en que deja sumido a su país el presidente Bush —quien sale de su cargo con cifras de aceptación desfavorables (un 22% según la revista Time y un 33% según el Post), nunca vistas desde Richard Nixon y Harry Truman, tras el final de la II Guerra Mundial— termine por imponerse ante la bandera esperanzadora del cambio. “Nos esperan días difíciles y enfrentaremos días aún más difíciles”, se le escuchó decir al presidente electo, quien con anterioridad ya había manifestado que el futuro, y no el pasado, debía ser el centro de atención.
De ser así, si la llegada del nuevo presidente estadounidense se enmarca en un punto cero, un borrón y cuenta nueva, un perdón y olvido —criticado por el propio Nobel Paul Krugman en su columna del New York Times—, es bien probable que la retórica del cambio se supedite a la crisis y la aparente necesidad de actuar con cautela y en aras de la unión nacional. Si los Estados Unidos desean reencauzar el rumbo adoptado, si el cambio es más que un eslogan de campaña, es preciso que retornen con espíritu crítico a los ocho años anteriores en que la política quedó convertida en la lucha entre el bien y el mal.