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Morir en la mina

Saúl Franco
26 de mayo de 2015 – 10:50 p. m.

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Ser minero es más riesgoso que ser recién nacido, fiador o guardaespaldas. Esto es tan cierto en Colombia como en muchos países no sólo de América Latina sino del mundo entero. Y no sólo en la actualidad. Lo ha sido hace siglos y parece que seguirá siéndolo.

Al momento de escribir esta columna, ya habían sido rescatados 13 de los 16 mineros que quedaron atrapados y ahogados desde el pasado miércoles 13 de mayo, en la mina de oro El Túnel en Riosucio, Caldas, a orillas del río Cauca. Más exactamente: no a orillas, sino once metros por debajo del rio, en cuatro socavones. Y no por accidente o mala suerte, sino por un acumulado de “licencia en trámite”, incumplimiento de las condiciones mínimas de seguridad, unas instalaciones eléctricas insuficientes e ilegales, una locomotora minera muy averiada, y la crónica falta de autoridad, eficiencia y vigilancia de las entidades responsables. ¿Responsables?

Tragedias como esta de Riosucio se repiten con una frecuencia tan asombrosa como la persistencia del libreto. Sólo en el año pasado murieron en Colombia 120 mineros en 87 tragedias en sus lugares de trabajo. Una de ellas sucedió en una mina de carbón en Amagá, Antioquia, el 30 de octubre. Dejó 12 mineros muertos también por ahogamiento. Y tengo en mis manos la documentación que confirma que un ingeniero de la Agencia Nacional de Minería había hecho una inspección a dicha mina justamente la víspera de la inundación, sin que hubiera detectado nada anormal y, por tanto, sin hacer ninguna advertencia. ¿Infortunada casualidad? ¿Crónica irresponsabilidad o velada complicidad con los patronos? En Riosucio, como en Amagá, como en Zaragoza (13 de diciembre de 2014), siempre la misma irresponsabilidad de los respectivos ministerios, alcaldías e instituciones; la misma inseguridad en la explotación minera; las mismas investigaciones que siempre se inician pero casi nunca concluyen; el mismo dolor nacional-ocasional, y el mismo regreso a la pasividad y a la rutina hasta la próxima tragedia.

Pero no sólo viven menos los mineros por explosiones, intoxicaciones, inundaciones, deslizamientos e incidentes laborales. También se enferman más. Lo observó Hipócrates cinco siglos antes de nuestra era al describir las enfermedades de quienes él llamaba “los hombres de metal”. Lo describió con detalle un médico italiano del siglo XVII, Bernardino Ramazzini, quien se preocupó por las enfermedades de los trabajadores muchísimo más que la mayoría de los médicos contemporáneos.

Y lo siguen ratificando las tasas de tuberculosis, desnutrición, anemia y problemas de salud mental de los mineros, generalmente superiores a las del resto de la población.

Las tragedias, las enfermedades y las pésimas condiciones de vida y seguridad social de los mineros se extienden también a sus familias aquí y en todo el mundo. En Bolivia, por ejemplo, la mortalidad infantil en la emblemática región minera de Potosí (90 por mil nacidos vivos), duplica la ya alta tasa de mortalidad infantil de ese país (45 por mil nacidos vivos). Y, en general, los pueblos mineros parecen reflejar también la exclusión y las injusticias de que son objeto los mineros. Basta visitar, por ejemplo, a Barbacoas, en Nariño, a Marmato, en Caldas, y a los pueblos mineros del bajo Cauca antioqueño.

La imagen más trágica que conservo en mi memoria es la de los cadáveres de 39 de los 86 mineros del carbón que murieron por la explosión debida a la acumulación de gas grisú en los túneles de dos minas de carbón en Amagá, el 14 de julio de 1977. Poco pude hacer como médico, lo confieso. Pero aprendí mucho y para siempre como ciudadano y como médico-social.

Saúl Franco,
Médico-social,
Bogotá, 26 de mayo de 2015.

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