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ESCRITO ESTÁ QUE EL MARCADOR quedó 1-3 a favor de los visitantes.
Pero la historia —tan objetiva casi siempre— también se permite algunos regates. Así que con los años, cuando se desee quitar el polvo de los acontecimientos, se leerá que en un partido sabatino, el encopetado Liverpool perdió en su casa ante un modesto Crystal Palace en la penúltima fecha de la Premier League, temporada 2014-2015. Porque, con el tiempo, lo que la gente conservará en su memoria es que ese día frente a su afición que colmó las gradas del Anfield, se despidió uno de los últimos grandes del fútbol inglés. De hecho las cámaras de televisión, tan dadas a construir héroes ocasionales, figurines de cera que con el próximo calor se derriten, al final del partido no se fueron a elevar al altar al muy justo equipo ganador, sino que siguieron los pasos, las miradas, los saludos del jugador marcado con la camiseta “8”. El eterno 8 de los Diablos Rojos, de Inglaterra, que le decía adiós a su afición, tras 17 años enhestando sus colores. Había razones para que ocurriera: la primera es que Gerrard hace parte de una especie en vía de extinción en esta mercadotecnia del fútbol: su nombre junto al de Sanchís, Ryan Giggs, Totti, Maldini, Lev Yashin, entre muy pocos otros, escapa de ese mercenarismo del fútbol actual, donde hoy se besa una camiseta blanca y mañana se le jura amor eterno a la casaca negra del rival de patio. Gerrard es el tipo de jugador con el que sus seguidores se identificaban. Gerrard fue sello de identidad del Liverpool. Así lo describió Raúl Fain Binda, en la BBC Mundo: “cierto tipo de futbolista, que el aficionado identifica de manera instintiva, da mucha importancia a la pertenencia, a su identificación con un determinado club o equipo”. Y a renglón seguido, agregaba: “En un país donde la gente no tiene cédulas de identidad, la de Gerrard es la camiseta del Liverpool”. Gerrard es ese tipo de jugadores que nuestro fútbol colombiano debería tener como ejemplo: significa entrega, seriedad en la cancha. Sus compañeros siempre reconocieron en él a un líder dentro y fuera del campo. Quizá por ello, le perdonaron aquel error que privó al Liverpool del título en la temporada anterior cuando les fue arrebatado por el Manchester City. La disposición y entrega del mediocampista seguro hizo menos cuestionable su desliz y menos dolorosa aquella derrota. También su comportamiento fuera de ella es digno de resaltar. No se sabe de escándalos ni de sobresaltos de este hombre para quien la familia es lo más importante. Quizá suene anecdótico, pero en estos tiempos de futbolistas engominados, de cejas depiladas, de tatuajes dignos de estudios antropológicos, y donde los jugadores salen más en las tapas de revistas de farándula que de deportes, la seriedad de Gerrard quizá se insinuaba hasta en su único corte de pelo durante 17 temporadas. A Gerrard esos asuntos no lo despeinaban. Gerrard también es un ejemplo por la gratitud con la gente que siempre lo respaldó. Y ese amor y ese reconocimiento, de seguro llevaron a que en un acto de reciprocidad no haya firmado por otro equipo de su país, y haya querido mejor autoexiliarse en una liga de menos pedigrí. Las canchas de Inglaterra lo extrañarán pero, sin duda, Gerrard ya entró al Olimpo donde inscriben su nombre los jugadores leales a una camiseta, a una afición, a una selección nacional. A sí mismos.