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No sé si quienes llamaron generación X a la mía y generación Y a los milenarios anticiparon que las letras del alfabeto se terminarían en la generación Z. El caso es que los jóvenes Z, que hoy tienen entre 15 y 25 años, se han dado cuenta de que la posibilidad de extinción (de un planeta habitable, de la democracia, de un empleo estable) marcará sus vidas. Y que esa conciencia está moldeando sus valores y acciones, a tal punto que ellos pueden ser el último recurso para conjurar el final del mundo como lo conocemos.
Digo esto a propósito de dos noticias recientes. De un lado, la ola mundial de protestas de jóvenes Z contra la irresponsabilidad de mi generación frente al cambio climático. Hoy sabemos que los adultos X desperdiciamos los 30 años cruciales desde que tuvimos información contundente sobre el calentamiento global. Como lo escribió David Wallace-Wells en un librazo reciente —El planeta inhabitable—, desde entonces los científicos nos advirtieron que estábamos a tiempo de evitar lo peor del cambio climático si reducíamos gradualmente las emisiones de carbono. En lugar de ello, en las últimas tres décadas hemos quemado la mitad del carbono que ha liberado la humanidad desde la era posindustrial, y hemos sido incapaces de ponernos de acuerdo en regulaciones eficaces, primero en el fracasado Protocolo de Kioto y ahora en el tímido Acuerdo de París.
El resultado fue el que anunció el último informe del panel intergubernamental de la ONU: se nos hizo tarde, muy tarde, para esas acciones, y ahora son necesarias medidas urgentes, aún desesperadas, para reducir a la mitad las emisiones de carbono antes de 2030, para evitar el escenario catastrófico de un calentamiento mayor a 1,5 °C.
Se necesitó una nueva generación para decir lo que no hemos podido nosotros: “Es tiempo de entrar en pánico”, como declaró Greta Thunberg, la adolescente sueca que comenzó la ola de huelgas escolares de los viernes. El mensaje de urgencia unido a la legitimidad de quienes tendrían que habitar el planeta inhabitable son la mejor esperanza para evitar otra década perdida.
Muchos escépticos X dudan que el movimiento perdure. Yo dudo de sus dudas. Porque los estudios sobre los valores de los jóvenes Z van mostrando que el ambientalismo (y otros como el aprecio por la diversidad de género y el desprecio por los líderes autoritarios) es predominante en su generación. Esa es la otra noticia, que surge de sondeos que por ahora están centrados en EE. UU. y Europa.
No se trata de esperar que los Z salven el mundo que los X desestabilizamos. Pero es claro que pueden marcar una diferencia profunda y pronta, como lo muestran los análisis que concluyen que la llegada de los Z a la mayoría de edad puede estar cambiando el rumbo de votaciones cruciales. De ahí que los opositores del brexit confíen en que un segundo referendo arrojaría un resultado distinto al primero, por la fuerza de los jóvenes partidarios de quedarse en la Unión Europea. Y que los precandidatos demócratas en EE. UU. hayan puesto el cambio climático, por fin, en el corazón de sus campañas.
Los X, incluyendo los políticos en busca de votos, deberíamos estar tomando nota.