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TODO EN ÉL ES PASADO. ALLÍ ESTÁ Emilio, mi amigo Emilio en esa Cali que a duras penas vislumbra, entre sombras.
Allí todos batallan inútilmente para no caer en el pozo de la desmemoria. Emilio apenas si pasa los 70 años y en él ya todo es olvido. Encierro. Ensimismamiento. Cuando su vida era curiosidad, vitalidad, aventura, viajes de morral a lugares sorprendentes de donde regresaba cargado de experiencias y anécdotas atropelladas que terminaba completando con imaginación. Pero allí está finalmente acorralado por un alzheimer devorador e implacable. Postrado. Inauditamente postrado.
Físicamente presente pero sin emociones. Perdido en lecturas remotas, extraviado en secuencias de películas queridas y en el tarareo de melodías que se evaporan. Referencias y recuerdos inasibles. Un diálogo inconcluso, unas palabras sueltas, unas sílabas simples que confirman que finalmente no somos más que memoria, cajas de recuerdos. Girones, momentos vividos que la mente organiza para posibilitar el diálogo. Todo esto, hoy está perdido.
Son mujeres las cuidadoras, quienes llenas de paciencia y humanidad pasan las horas con ellos en este lugar, digno pero terrible, dando la misma batalla incierta. Son ellas las que los acompañan en la lucha por fijar briznas de memoria en aquellas mentes que lúcidas que albergaron conocimiento, curiosidad, deseo. Abogados, médicos como Emilio, académicos, profesores pero también mujeres sabias en el trasegar simple y llano del día a día. Recurren al juego, al chapuceo en el agua, a simples y repetitivos ejercicios físicos para despertar los músculos que preserva del tono que también se vuelve, como todo, esquivo. Son ellas las que con paciencia buscan fijar un instante en las miradas cada día más perdidas, con retratos antiguos, imágenes familiares, música de entonces y el contacto de una mano amable sobre la cabeza o la firmeza de un brazo que apoya aquellos pasos lentos que se pierden en la infinitud de los corredores. Días largos, larguísimos, monótonos y rutinarios los de aquellas existencias que inician el declinar irreversible.
No se trata de un relato o una reconstrucción fílmica. Es la vida que nos atrapa y enfrenta a aquello que nunca quisiéramos vivir: Emilio ya no me reconoce. Sucedió con velocidad. En semanas. Atrás quedaron las complicidades de la Barcelona de la que fue testigo desde el asfixiante franquismo hasta el reverdecer democrático con sus recorridos infinitos, calle por calle, esquina por esquina, bar por bar que se conocía de memoria con sus secretos en el barrio Gótico, el barrio chino, en la Barceloneta, en el Paseo de Gracia; las decenas de películas y las carcajadas que se convirtieron en su última reserva frente a la desmemoria que cabalgaba desbocada. Hasta que lo derrotó. Emilio ya no es Emilio. ¡Que pena me da! Es la desazón de lo irreversible. De lo definitivo.
Escribo con temor. Con el miedo de estar anticipando nuestro propio destino. Ojalá el suyo sea el último combate que se pierda contra esta epidemia que afecta al más preciado de los tesoros de una persona: la conciencia.
Otro adiós: Despido al querido Otto Morales, el pensador, el escritor, el último liberal, el amigo, el de la carcajada infinita. Nos dejó mucho.