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Liderar la guerra o la paz

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Liderar para la guerra es mucho más fácil que liderar para la paz. Pareciera que fuera al revés.

Son tan obvios los beneficios de la paz y tan terribles los costos de la guerra, que un liderazgo para generar paz debería ser infinitamente más fácil de ejercer. Pero no es así. La paz implica racionalidad, autocontrol, pensamiento de largo plazo, condiciones escasas en la opinión pública y en los políticos, sobre todo en latitudes como las nuestras de culturas más dadas a la fogosidad, al recurso a la fuerza, al machismo. Liderar para la guerra tiene una ventaja estratégica: facilita la coherencia. Su discurso es lineal, se alimenta de la muerte, pues tanto las bajas en las propias filas como en las del enemigo, producen sed de más muerte. La guerra permite encontrar un enemigo a quién atribuirle la responsabilidad de todo lo malo, y por contraste, de atribuirse todo lo bueno. Permite que los ciudadanos confundan mejorar con sobrevivir, que es más fácil que avanzar. Por eso los líderes de épocas de guerra generalmente no estimulan sus pueblos a cambiar, sino, al contrario, a reafirmarse para defender sus valores, su patriotismo, su cultura. La guerra permite que las aspiraciones de cambio de la gente se reduzcan a la guerra misma, a cambiar la relación de fuerzas con el enemigo, pues en la guerra se imponen los valores de la supervivencia, que tienden a ser más conservadores y por ende contrapuestos a los valores del cambio, que son los que imperan en tiempos de paz. Los tiempos de la guerra reducen la política a una narrativa novelesca, simplista, de buenos y malos, héroes y parias. Esa narrativa se ajusta bien a la sociedad moderna obsesionada con la inseguridad, pues la terrorista produce casi los mismos efectos de indignación que la del carterista. Permite a los políticos que asumen las banderas de la seguridad conectarse con los principales temores y dolores de la gente, y por lo tanto ser vistos como cercanos, solidarios y sensibles. La guerra no implica que los ciudadanos cambien, solo que reaccionen, de manera primitiva, defendiéndose, atacando. Por eso, más que genialidad política y dotes comunicativas, los líderes para épocas de guerra necesitan parecerse a su pueblo, acreditar las mismas virtudes y defectos, demostrar la ferocidad de sus conciudadanos. Por el contrario, liderar a una sociedad hacia la paz es doblemente difícil. El líder debe, primero, viabilizar la paz por medio de la guerra generando condiciones militares y de seguridad que permitan una paz segura, ya sea para prevenir un ataque o para sofocar al atacante. Para ello requiere usar el discurso de la guerra. Segundo, debe usar el discurso y los métodos de la paz para convencer a la sociedad a optar por el perdón y la reconciliación, lo que implica cambios culturales profundos para cada ciudadano. Liderar hacia la paz a una sociedad que ha sufrido mucho por perderla, o peor, que no la conoce, es casi como rehabilitar a un adicto. El adicto quiere cambiar, pero generalmente no puede, porque no está dispuesto a pagar los costos de estar sano. Y cuando lo intenta, en el proceso puede sufrir ataques de síndrome de abstinencia. En términos de la teoría de Heifetz y Linsky, la guerra requiere soluciones técnicas, y la paz soluciones adaptativas.

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