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Como suscriptora y lectora de El Espectador siempre he disfrutado el respeto, la seriedad, la objetividad tanto de los editoriales como de las opiniones de los columnistas. Algunos más emocionales, otros más racionales, en contra y a favor del actual presidente y del acontecer de nuestro convulsionado país.
Por esta razón me impactó el reciente titular de primera página “Con miedo de ir al Helvetia”, en la edición del domingo 20 de agosto, titular que es más de una revista amarillista y sensacionalista que busca, y logra, desencadenar un escándalo con verdades a medias. El titular hace referencia a una realidad: el matoneo o bullying de una niña de 10 años, hija de una funcionaria de la ONU en nuestro país.
En cuatro páginas interiores se hace una descripción de los hechos dando espacio tanto para la madre de la niña como para el rector y el presidente de la junta de padres. Se deduce que la madre tiene todo el derecho a poner la queja, a hacerla pública, y que el colegio cometió errores, que hubo demora en actuar, en responder, en aplicar los protocolos de convivencia, etc.
Durante toda la semana leí las opiniones de diversos columnistas. Tal vez con la que más me identifico es con la del sábado pasado de Catalina Uribe Rincón, “El discurso legal que se traga la comunicación”. Primera verdad: los escándalos tienen más eco cuando comprometen a las élites y a prestigiosas instituciones. Segunda, el morbo del público y la audiencia. Tercera, que es necesario pensar en estos hechos.
El odio siempre ha existido y hace mucho daño a los individuos y a la sociedad. Existen guías, protocolos, fórmulas que se debe aprender a aplicar, que se deben revisar, pero cada caso es único y eso precisamente lo hace difícil.
Como mis nietos estudian en el Helvetia tuve conocimiento de dicha situación tan traumática hace varios meses, se realizó una reunión con los padres de familia, se dio información a los alumnos, lo que me indicaba que se estaba tratando de actuar frente a un hecho tan complejo. Seguro hubo errores del colegio y de la junta de padres, pero ello no justifica que los pasemos al paredón y los decapitemos como lo hace el titular en mención.
El matoneo ha existido toda la vida.
Linda Guerrero.
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