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Maestranza pisoteada

Antieditorial
17 de mayo de 2015 – 09:00 p. m.

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Su editorial de la fecha (“maestros, ejemplos” 2015 05 05) arriesga sumarse al caudal de voces orales y escritas que, conmemorando el “día del maestro”, inunda los medios de comunicación criollos.

Que si algunos aplausos, que si algunos premios, que si algunas lágrimas, forma parte de un rito que roza con la superficialidad en torno a un tema que evadimos tratar a fondo, léase, autocríticamente. El ejercicio de la docencia en Colombia no es afín al de maestranza alguna. Buena parte de las universidades criollas se vienen destacando décadas atrás porque las figuras más importantes de sus  campus sean las de los maestros de obra. Podría probarse que el sector de la educación sea uno de los que, proporcionalmente al tamaño de su PIB, invierta más recursos en construir edificios, no hombres de bien. De esta forma, buscar que los docentes o profesores se consoliden como maestros resulta risible. Una elevada proporción de la plusvalía educativa privada dedicada a sembrar ladrillos que enriquecen los balances de todo tipo de fundaciones, varias de ellas confesionales católicas, impide remunerar adecuadamente la hora cátedra ($26.000 en las públicas, $50.000 en las privadas) o impulsar la formación magistral o doctoral (privilegio elitista en buena parte de las privadas, rebatiña maloliente en buena parte de las públicas). Acabamos de superar el enésimo paro nacional de maestros donde comprobamos, por una parte, que incumplir las promesas del paro anterior es el deporte de la burocracia estatal y, por la otra, que desempeñar la responsabilidad ministerial educativa suele ser un premio que parece repartirse a dedo en determinados clubes sociales. No sería exagerado afirmar que, con escasas excepciones (recuerdo a Esmeralda Arboleda de Uribe o a Gabriel Betancur Mejía) el Ministerio de Educación se hubiera vuelto un premio para damas de sociedad con dificultades para probar aptitudes académicas o científicas que las hagan dignas de ejercer tan delicada misión ¡Un ministerio para señoras bien se habría vuelto el educativo! ¿Y qué decir de los profesores? ¿Acaso nuestros comportamientos personales, intelectuales o sociales nos señalan como ejemplo digno de emular? Los adultos que rondamos por los campus educacionales públicos y privados, ¿somos ejemplo material de una profesión a la cual la sociedad considere digno dedicar la vida de sus mejores estudiantes, como ampulosamente lo propone otra más de las superficiales estrategias en boga? ¿Es digno de maestranza alguna que entre unas 59.000 hojas de vida pre calificadas por Colciencias en su pasada convocatoria, apenas 8.000 hayan llegado a ser reconocidas como merecedoras de algún rango en la investigación científica? Y, fundamentalmente, ¿qué papel ocupa en la sociedad al ejercicio de la ciencia? ¿Cómo calificar que honremos como procurador a quien, pisoteando toda argumentación científica, se pavonea soberbio por los estrados criollos haciendo gala de su profunda fe en un fanatismo ciego opuesto al mediano ejercicio de la dialéctica? ¿Cómo cultivar la ciencia en medio de una sociedad enajenada por seculares creencias fanáticas? ¿Es ésta la Colombia más educada?

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