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¿Por qué tantas personas no creen en la paz? ¿Por qué las encuestas bajan y bajan cuando miden el ánimo del país frente a las negociaciones de La Habana? Al lado de cada voz de aliento en torno de la mesa de diálogo, vibran cuatro que desconfían, plantan hiedra, suponen motivos torvos de parte y parte.
No hay quien manifieste que quiere la guerra, pero muy pocos inflan el entusiasmo ante la probable paz. Semana tras semana desde la capital cubana llegan adelantos en las conversaciones, propuestas incruentas, esbozos de preacuerdos. Más demoran en detonar como noticias que en quedar sepultados por hechos puntuales, brutales o estúpidos, que dan pie a cargas verbales contra la pobre inocencia de la gente.
Los colombianos, es cierto, crecemos a la enemiga. Todo en la vida nos es una batalla. Nos pasa lo que a caballos domados a látigo: montamos guardia contra zalamerías, maliciamos de toda caricia. Ante anuncios de paz pensamos ¨de eso tan bueno no dan tanto¨. Y nos refugiamos en la plana cotidianeidad individual. Por lo menos en casa es más seguro que nadie venga a ´beneficiarnos´.
De modo que los diálogos de paz entran en la fila de engaños históricos, presentes en la retina de tantos. Son como esas fotos de campesinos flacos, descalzos y ensombrerados que entregan escopetas de armisticio, sin saber que en realidad marchan hacia el patíbulo.
¿Cómo romper el pesimismo de la paz? Tal vez la fórmula sea construir un relato. La paz no ha sido narrada ni pintada en fotografías ni vuelta intriga en telenovelas. La paz no ha entrado al mito, y es el mito el que construye y fundamenta pueblos.
En cambio la guerra es estrella entre nosotros. Sus soldados son héroes, cruzados de colores en la cara. Sus narcotraficantes son modelos de comportamiento y éxito. Sus armas, carros, uniformes, botas, son símbolo de hombría. Sus chicas son trofeo. La guerra, con sus verdades rojas y sus espinosas mentiras nos ha infestado el corazón.
Pues bien, hace falta el canto de la paz. Una saga que ilustre e inflame. En la línea sugerida por el poeta y pintor inglés William Blake, en plena era de la Ilustración y el romanticismo: ¨nunca puede ser dicha la verdad de manera que pueda ser comprendida sin ser creída¨.
Creer para comprender. En primer lugar creer que alguna vez las cosas cambien. Que los monstruos también fueron niños. Confiar en que la mano que azota es la misma que acaricia de noche a su mujer. Imaginar una vida vivible para saber cómo sería esa vida vivible.
La verdad de la paz está hecha de inteligencia y estómago. Blake, en ´Canción guerrera para los ingleses´, increpó así a los soldados de una inminente batalla: ¨¡Preparad vuestros corazones para la yerta mano de la muerte! ¡Preparad vuestras almas para el vuelo y vuestros cuerpos para la tierra!¨ De este modo despedazó la guerra en la fibra íntima de los guerreros.
Otro tanto merecería la paz: una balada de vuelo y tierra.