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Salamandra electoral

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UN ACTO DE TAUMATURGIA. CON el 50% del voto popular, el chavismo ha sacado el 62% de los escaños en la Asamblea Legislativa.

Esta distorsión proviene de un sistema electoral que favoreció las aspiraciones electorales del oficialismo.

Es famoso el Gerrymandering. Tergiversar el resultado electoral mediante la manipulación de los distritos electorales. El gobernador de Massachusetts, Elbridge Gerry, es el padre de la idea. La cosa fue tan estrambótica, que uno de esos distritos tenía la retorcida forma de una salamandra. La combinación del nombre de este animalito y el apellido del personaje dio lugar a esta figura, reconocida ya en la ciencia política.

Para ser honestos, Venezuela no es caso único. Aquí mismo, en Colombia, la división electoral para Cámara contiene ciertas distorsiones. En cuanto al Senado, antes de 1991, era claro que pesaba más el voto, diga usted, de un ciudadano de La Guajira que el de un elector de Bogotá. De paso, en términos de eficacia del voto, la circunscripción nacional es un sistema perfecto, precisamente porque el lema un hombre un voto se cumple sin artilugios aritméticos.

Pero lo de Venezuela es monumental. Un verdadero récord en la materia que ha terminado opacando el verdadero hecho político central y es que la oposición ha logrado un empate técnico en el voto popular. En 2009, el presidente Hugo Chávez cambió el sistema electoral e implantó un esquema de personalización del sufragio para los cargos nominales con el cual se aumenta la representación de los estados menos poblados, en detrimento de los grandes. En Mérida, Chávez ganó cuatro de los seis diputados, aunque la oposición obtuvo el 50,04% de los votos. Y en Miranda los chavistas obtuvieron cinco de los 10 diputados, pese a obtener sólo el 41,4% de los votos frente al 57% que consiguió la oposición. El efecto fue lo ocurrido el domingo, gracias también a la ruralización del chavismo.

La pregunta central es: ¿qué hará el Presidente de Venezuela frente a esta situación? Parece descartado un proceso de diálogo entre las diversas fuerzas políticas. No es improbable que, en vez de una rectificación, Chávez hunda el acelerador. Queda sólo como dique de contención la Constitución, que exige una mayoría calificada para la adopción de ciertas decisiones y la aprobación de algunos nombramientos claves. En efecto, aun con la salamandra amaestrada de por medio, Chávez no logró el control total de la Asamblea. Esto ha producido otro interesante fenómeno: tras lustros de atacar la Constitución, precisamente por chavista, ahora la oposición se hace fuerte en la defensa de la Carta, porque de ella emanan las barreras que garantizan su supervivencia y le puede abrir posibilidades a un triunfo opositor en 2012.

¿Y frente a Colombia? Alguien dijo que el apaciguamiento frente a Santos sería flor de un día. Una estrategia para apaciguar los Estados fronterizos donde la oposición es fuerte, pero que, transcurridas las elecciones, Chávez volvería a arremeter. Podría ser. Pero no debe descartarse el proceso inverso. Con un panorama difícil de administrar en lo interno, tampoco es imposible que el Presidente prefiera una paz más duradera con Colombia.

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