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Obama, ¿esperanza sin audacia?

COMO NINGÚN POLÍTICO DE LOS EE.UU. desde la época de los hermanos John y Robert Kennedy, Obama despertó las ilusiones de un electorado joven, urbano, de clase media.

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Ese electorado soñó y se inventó un candidato capaz de desafiar a la detestada clase política de Washington. Pero lo que millones de votantes jóvenes asumían como una realidad, era una de esas ilusiones que saben fabricar los magos del marketing político. Obama, mientras cautivaba con su imagen a los votantes desencantados y a las izquierdas de su partido, se afianzaba con su discurso y sus acciones en el centro. Pero el equipo de gobierno que ha presentado al público significa el final de las ilusiones juveniles de sus electores y la alianza del nuevo presidente con los intereses tradicionales de su partido y con parte del establecimiento gobernante en los EE.UU.

Los discursos no reflejan el verdadero talante de un político. Éste se deduce de sus acciones reiteradas, bien sean públicas o encubiertas. El Obama que emerge de las acciones de las últimas semanas es un hombre cauteloso, consciente de los enormes peligros que una nueva Gran Depresión traerá al conjunto de la sociedad estadounidense. De allí que el gabinete que ha conformado envíe un mensaje de continuidad con las experimentadas maquinarias demócratas que han detentado el poder. Obama, a diferencia de lo que soñaban muchos de sus románticos seguidores, tanto en su país como en el mundo, no parece estar dispuesto a correr riesgos con experimentaciones. Quiere más bien transmitir confianza, seguridad, estabilidad. Y algunos fans desengañados empiezan a decir: ¡pero si es más de lo mismo!

Dos interpretaciones pueden ser tenidas en cuenta a la hora de comprender qué tipo de estilo de gobierno tendrá Obama. La primera, más benigna, nos habla de un hombre sereno, confiado en sí mismo, que sabe rodearse de figuras fuertes y experimentadas con las cuales discutirá y decidirá acerca de las mejores opciones para una sociedad que atraviesa su crisis más profunda en décadas. Obama sería entonces un estadista sin audacias, pero de soluciones sopesadas y eficaces.

Una segunda interpretación, más escéptica, señalaría que el hombre que debe dirigir los destinos de una superpotencia, con síntomas claros de declive, no tiene ninguna trayectoria sólida de gobierno. Y para no arriesgarse en metidas de pata, ha optado por hombres de experiencia, aunque éstos sean en parte responsables de los desastres económicos actuales. Y aunque Obama ha dicho que él es el cambio, éste puede quedar como simple retórica de campaña.

Al margen de cual sea la interpretación que acojamos, es claro que Obama, al seleccionar su equipo presidencial, optó por el dicho popular de que es mejor malo conocido que bueno por conocer. Se ha desmarcado de esa manera del más importante predecesor histórico en épocas de similares turbulencias, Franklin Delano Roosevelt. Éste escogió la audacia a la hora de gobernar, tal como lo resumió su famosa frase de que no había que tenerle miedo al miedo. Obama, hasta ahora, es esperanza sin audacia. Tal vez la razón estribe en que hace 65 años los Estados Unidos tenían una fe en sí mismos de la que carecen ahora. No en vano, bajo el liderazgo de Roosevelt los EE.UU. no sólo superaron la Gran Depresión, sino que emergieron victoriosos de la Segunda Guerra Mundial. Obama, en cambio, recibe un país que se ha enredado en dos pequeñas guerras coloniales, en Irak y Afganistán, en las que su enorme poderío bélico ha sido socavado por la ausencia de legitimidad moral.

Obama contribuyó a su fama con el libro La audacia de la esperanza. La pregunta es si con un gabinete diseñado como más esperanza que audacia podrá ser el líder que su país anhela encontrar.

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