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El surgimiento de la Primavera Árabe debía significar grandes cambios en la política del norte de África y de Oriente Medio. No obstante, luego de transcurridos cuatro años del suceso, el escenario está marcado por la incertidumbre y la región aún dista de haber allanado el camino hacia la democracia. El sistema egipcio, signado por la polarización entre laicos y confesionales, es el ejemplo más patético de la impotencia de convertir la revolución en un cambio sostenible de modelo político y económico. La polémica salida de Mohamed Mursi mostró con fiel detalle que las condiciones para el establecimiento pleno de la democracia no son suficientes, eso sí, aunque se trate de un modelo democrático adaptado a la realidad del universo árabe musulmán.
En medio del escepticismo por el destino de esos estados, sobresale el caso tunecino que, aunque no se puede calificar como exitoso, ha optado por seguir las lecciones de sus vecinos y se ha constituido en un ejemplo prometedor de democracia. La adopción reciente de la nueva Constitución significa un paso hacia la democratización y muestra lo que pocos creían hasta la aprobación de la Carta Magna el 4 de enero de este año: que el partido musulmán Enahda (Renacimiento) ha optado por el pragmatismo antes que por la promulgación de un Estado confesional donde la ley civil y la religiosa no tuviesen distingo.
No obstante, Enahda, que salió victorioso en las primeras elecciones luego del derrocamiento del dictador Ben Alí en enero de 2010, ha tenido numerosos problemas para hallar la estabilidad. El año pasado, la crisis se profundizó con la muerte de dos disidentes del Gobierno, el laico Chokri Belaïd y el líder de izquierda Mohamed Brahmi. El asesinato de los dos dirigentes puso en duda la legitimidad del gobierno de Enahda y las convicciones democráticas de sus líderes, de quienes se sospechó que podrían ser los autores intelectuales.
En medio de este clima, y por una reforma económica que incrementa los precios del transporte, se han producido choques entre manifestantes y la policía, lo que provocó la renuncia del primer ministro. ¿Por qué hablar entonces de un modelo que ha sido relativamente exitoso? Dos razones lo explican. Primero, los dirigentes de Enahda, y concretamente Alí Larayedh, primer ministro, han entendido que aferrarse al poder sólo conduce al debilitamiento del partido. Por ende es buen síntoma, desde lo democrático, que el primer ministro haya dado un paso al costado y Enahda se prepare para un proceso electoral abierto a las elecciones libres. Segundo, el proceso de diseño de la Constitución tunecina, en manos mayoritariamente del partido musulmán, evitó la tentación de incluir la sharia (ley coránica que establece un Estado teocrático). Es probable que los cuadros del partido en el poder hayan tomado precauciones al ver lo ocurrido en Egipto luego de la aprobación de esa Constitución que terminó en el derrocamiento de Mursi.
La garantía de la libertad de culto debe entenderse como una forma de proteger la democracia, pero incluye una novedad mayor: que el triunfo en las urnas de un partido islámico no debe significar necesariamente la instauración de un régimen teocrático.
* Profesor Universidad del Rosario