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Resulta fácil hablar de fútbol así, con las cartas marcadas, con doble intención. Si ganaba el Barcelona, es sencillo, se enciende a palos a Guardiola.
Si ganaba el Bayern los palos estaban claramente destinados al cuadro catalán. Fácil, ¿no? Es la ley del ventajoso, del tramposo, del que juega con las cartas marcadas y que nunca pierde. El equipo dirigido por Guardiola, diezmado, limitado por notables ausencias, contuvo al Barcelona durante 75 minutos a punta de táctica, de manejo y posesión, peleándole la pelota al blaugrana y cerrándole espacios gracias a un dispositivo equilibrado en el que controló a Iniesta, Neymar y Suárez. A Messi lo tenían que aguantar en sus arrancones y hasta ese minuto, cuando crecía el consumo de uñas en el Camp Nou, el partido estaba para un 0-0. Magnífico resultado para un equipo que tenía por fuera a Robben, Alava, Ribery. Hasta ese momento, Guardiola había montado una gran faena. Pero, a pesar de que Pep y todos lo sabían, en la cancha estaba Messi, y cuando el argentino enciende la luz, apague y vámonos. Es la ventaja de tener al mejor jugador de la historia, un monstruo inspirado que en cinco minutos aniquiló los planteos tácticos, acabó con la planificación y dejó el indeleble sello de su enorme calidad en tres raptos de genialidad en los que marcó dos goles, el segundo absolutamente sublime, y cedió otro a Neymar. Es también la absoluta demostración de que el fútbol no es de los técnicos: el fútbol pertenece a los jugadores, a los buenos jugadores. No hay técnico en el mundo que cuando enfrente a Messi no planifique trampas, encerronas, jaulas, o como lo quiera llamar. Y a veces lo consiguen, como el Cholo Simeone con el Atlético, pero cuando Lionel está inspirado y sus compañeros le ayudan, sin ellos, sin el colectivo, no hay forma de conseguir los éxitos individuales, todo termina en su lucimiento. La mejor manera de definir la versión moderna de Messi es partir de su participación en las maniobras del equipo. Del Messi que se ponía molesto porque sus compañeros marcaban goles, restándole brillo a su tarea, a este Messi, que juega para el equipo y ha entendido que el fútbol es colectivo y lo importante son los triunfos del equipo y no los premios individuales, existen tres años de diferencia, de madurez y sensatez. Messi hoy no sólo es líder de goleo sino también el líder de asistencias. Messi juega y hace jugar. Esa es la gran diferencia.