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Los otros animales

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EL PAÍS NO HA OLVIDADO A PRÍNCIpe, el perro que un piloto de rally mató en medio de una discusión con sus dueños alegando que el animal le infundía temor.

Este sentimiento habita en muchos humanos y se halla  presente con frecuencia en la interacción que establecen con los animales. Una forma de insultar a alguien es llamarlo “animal”. Ello significa que ha traspasado las barreras de su propia cultura y se encuentra inmerso en un proceso de degradación interior que puede llegar a contagiar a los demás miembros de su especie.   Nuestra actitud hacia los animales es ambigua. A pesar de que somos relativamente conscientes de nuestros nexos con la animalidad, aunque no siempre de nuestra pertenencia a ella, lo animal es percibido como lo inhumano o lo antihumano. Es el temor a esa animalidad residual que habita en nosotros lo que nos lleva a percibirla  como el lado oscuro de los humanos. La observamos como una fuerza que habita en nuestra naturaleza interior a la que hay que vigilar y controlar a lo largo de nuestra vida. Borges dice en su poema Elogio de la sombra  “La vejez (tal es el nombre que los otros le dan) puede ser el tiempo de nuestra dicha. El animal ha muerto o casi ha muerto. Quedan el hombre y su alma”. No siempre ha sido así, afirma el filósofo Peter Steeves en su obra Animal Others. Durante nuestra infancia confraternizamos con los animales pero al crecer aprendemos conceptos y categorías e intentamos suprimir esa animalidad en nuestro corazón, en nuestro estómago y en nuestra imaginación. Nuestro cuerpo ha cambiado y nos sentimos confortables con la humanidad que edifica su propio pedestal presumiendo ocupar un lugar privilegiado en el universo.   Nos creemos animales únicos, dotados de lengua y razón. Sin embargo, las fronteras de la carne no siempre marcan con precisión las fronteras del ser. El cuerpo humano está habitado por miles de animales microscópicos que de alguna manera lo constituyen. Entonces, esos seres, ¿son realmente  otros?, se pregunta Steeve. Muchas de las expresiones de la humanidad que consideramos más sublimes, como la música, son un legado animal. El canto humano no nació en el silencio sino en medio de los sonidos de la vida. Las emociones que  expresan las mascotas, amor, furia, temor,  hacen inteligibles las nuestras.    Aunque compartimos este planeta con ellos tomamos decisiones sobre él en nombre de los animales. Aprovechamos su aparente silencio y actuamos como si nos hubiesen otorgado un poder expreso para ello. Animales y humanos comparten un estatus existencial común como seres vivos y personas, ambos tienen capacidades de acción y percepción que les permiten tener puntos de vista porque los dos están atentos al universo. Este planeta es el lugar de nuestras acciones y, como lo consideran muchos pueblos históricos, las distintas formas de vida existen en sus propios términos y no están puestas en el solo  para uso de los humanos. Dejar atrás el miedo y el creernos únicos puede ser un buen paso para construir la paz con los otros animales.           

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