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Caníbales en Baltimore

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Cuenta Gandavo que la lengua de los amerindios y los cimarrones que se les unían tras escapar de sus europeos amos carecía de tres letras: de la F, la L y la R.

Lo que maravilla, dice el cronista, puesto que, como pensaban él y otros desde el siglo XVI, amerindios y afroamericanos carecían de fe, de ley y evitaban servir a líder o rey alguno, así se tratase de uno de su misma raza.

Por ello iban a la guerra y se amotinaban. La idea de que uno solo de entre ellos o alguien afín intentase acumular para sí el poder y los bienes les parecía un crimen imposible de expiar, una voracidad digna de la más feroz venganza.

Para enfrentar esa atrocidad, en vez de rechazar la metáfora moralizante de la voracidad excesiva, los africanos y los indios entendieron desde el siglo XVI que sólo cabía llevar esa voracidad hasta el extremo.

Se trataba entonces de expresar en sus amotinamientos un exceso de civilidad y de justicia y no su defecto, como hace Pierre Menard respecto del Quijote cuando se rebela contra el mito de la originalidad en la escritura.

Los misioneros y las monjas que llegaron a las Américas intentaban disuadirlos de reclamar demasiada justicia o venganza, citando la carta que la madre de los Gracos enviase a uno de sus hijos.

Los rebeldes negros e indios comprendieron que los conquistadores, los misioneros y las monjas habían llegado a ocupar el lugar del enemigo. Hasta saturarlo, de manera que sus valores celestiales terminaron eclipsando a aquellos otros que antaño hacían suyos mediante la ingestión de los viejos enemigos.

A la vista de lo sucedido en Baltimore, la reacción de la prensa corriente ha sido similar a la de los misioneros y las monjas de antaño. “Los motines no logran nada”, se lee en uno. “Nada justifica esas acciones”, pues son violentas o excesivas en sus reclamos, declaró Obama ante los medios.

Falta razón a los amotinados, dicen, pues la policía, las autoridades y hasta el presidente son de su misma raza. Carecen de razón, quebrantan la ley, pues queman las propiedades de otros y no tienen fe ni en sus propios líderes. En estas narrativas los amotinados son presentados las más de las veces como lobos solitarios u ovejas pasivas que siguen ciegas a la muchedumbre. En cualquier caso, su causa está perdida y están condenados de antemano.

Puede ser cierto que cuando los individuos se enfrentan a las burocracias casi siempre pierden. Pero los que ocuparon las calles de Baltimore eran movimientos sociales, colectivos de resistencia organizados, fuerzas invisibles para quienes escriben los mantras corrientes. Y cuando éstas luchan para liberarse de la austeridad y las prisiones el resultado puede ser diferente. A los mantras corrientes les falta bien poco para declarar salvajes a los amotinados de Baltimore.

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