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“Desde que tenía 8 años vengo al río a sacar oro. Ese era el trabajo de mi mamá y ella me enseñó. Yo la acompañaba, lavaba la arena y así me fui metiendo en este oficio”.
María Sulay Castrillón tiene 50 años de edad y desde niña ha estado a orillas del Cauca buscando oro. Es una mujer de raza negra, pero su piel está aún más curtida por el inclemente sol que se posa sobre el municipio de La Pintada, en el suroeste de Antioquia. Su jornada comienza todos los días a las 4 de la madrugada. “Yo preparo el desayuno y salgo a coger la moto que me trae hasta aquí. Me cobra $3 mil por persona por cada trayecto. O sea que pago $12 mil diarios, porque vengo con mi hija”, señala.
Mientras en muchas partes del país el invierno sólo dejó destrucción y miseria, en La Pintada las inundaciones trajeron también la bonanza del oro. Cientos de personas no sólo de este municipio, sino de otras poblaciones antioqueñas y de departamentos como Quindío, Risaralda, Caldas y Chocó se apostan a un costado del afluente para extraer el preciado metal. “Aquí cualquiera puede trabajar, el problema es que los que vienen de afuera muchas veces no respetan y dañan los linderos de las fincas y eso nos perjudica”, asegura Noralba Herrera, presidenta de la Asociación de Mineros La Esperanza.
Son 15 minutos desde La Pintada hasta el sitio de trabajo. Desde la carretera hasta la playa Careperro, Sulay camina un kilómetro para llegar a orillas del Cauca.
Ubica el sitio de trabajo y comienza a descapotar. Después, bajo el sol que ya se asoma, saca su desayuno: arroz, torta de huevo y carne. En una improvisada carpa hecha con palos y un viejo plástico, toma un nuevo aire para continuar la jornada. “Todos los días tengo que armar la mina. Es este cajón de madera, en el que uno lava la arena y ahí va quedando el oro”, explica.
Según Noralba, por lo menos el 70% de los habitantes de La Pintada viven de la minería. Aquí se practica de manera artesanal, sin químicos que contaminen, sólo a punta de pala y paciencia.
“Con este trabajo yo he levantado a mis 5 hijos. Daisy Linet tiene 20 años y ella es la que me acompaña. A todos les gusta esto y, además, es que aquí no hay más trabajo”, comenta María Sulay mientras empuña la pala. “Mi hija es bachiller y aquí está conmigo, no ha podido conseguir otro empleo. Esto es muy duro, pero qué más va a hacer uno. A mí sí me gusta, porque no tengo patrones que me manden y que me humillen; trabajo a mi ritmo, pero me da pesar de mis muchachos”.
Todo el día, desde las 6 de la mañana hasta las 3 de la tarde metidos en las aguas del Cauca, trae consigo consecuencias graves para la salud. Uno de los hijos de María Sulay tiene anemia, el otro hongos en los pies y ella de vez en cuando no soporta el dolor en los huesos y la fiebre que la tira a la cama. Pero mientras haya bonanza de oro, no queda de otra que aprovechar lo que les trajo el río Cauca antes de que vuelvan las inundaciones y con ellas la miseria. “Si me va bien me hago $70 u $80 mil, si me va mal $25 o $30 mil. Es una lotería y más con tanta gente que vino, hay muchos que no tienen cuidado y dañan el río”.
Hace cinco meses se conformó la Asociación de Mineros La Esperanza, de ella forman parte 65 de los 400 mineros que hay en La Pintada. Poco a poco se han ido uniendo a esta causa que busca capacitarlos para evitar que dañen el río y con ello se vaya el oro. “Trabajo en el río hace 35 años, uno sabe en qué playa hay oro y se va moviendo de un lado a otro. Aquí en Careperro llevamos dos meses y aguanta para otros tres más. Le enseñamos a la gente que no haga socavones para que no se llenen de lodo y se pierda el oro”, explica José Ramiro Gómez.
La idea de la Asociación es comprar ellos mismos el oro a un precio justo y venderlo luego en Medellín, pues aseguran que aquí les pagan más barato que en otras zonas y eso favorece a los compradores, pero los perjudica a ellos.
Transcurre el día y a las tres de la tarde retornan a La Pintada, muchos se quedan en improvisadas carpas, ahí pasan la noche para comenzar de nuevo la jornada. Los mineros aquí se mueven en una paradoja. Saben que con la creciente llegan las inundaciones, los problemas, los damnificados, pero también la bonanza que se deja ver cuando bajan las aguas. Por eso mientras muchos rezan porque no llueva, ellos suplican lo contrario. “Soy muy agradecida con el río, porque me ha dado la comida y un jornal bueno para vivir bien”, comenta María Sulay con una sonrisa dibujada en su rostro, a pesar del cansancio por el trabajo y las altas temperaturas de hasta 34 grados y sin un espacio de sombra.