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La tendencia a confundir la democracia con el tatcherismo se puede repeler si se impone una propuesta que la relacione con la justicia social.
Parece que se aproxima el fin del período durante el cual las diferencias entre conservadores y laboristas se hicieron difíciles de advertir en la vida política británica. Las elecciones del 7 de mayo no plantearán simplemente la opción de escoger equipo de gerencia pública de uno u otro estilo. Otra vez se pueden advertir distancias entre los partidos. Sin perjuicio del énfasis que imponga el ganador, y de las coaliciones a las que tenga que apelar, el tono del nuevo gobierno no solamente incidirá en los equilibrios económicos y sociales al interior del Reino Unido, sino que será definitivo en la nueva coyuntura europea. Y también en el destino de las tendencias políticas del mundo occidental en el inmediato futuro.
Con la llegada de Tony Blair al gobierno, en 1997, se inició una aproximación hacia el centro en torno a principios de tratamiento de la desigualdad y de la dosis de intervención del Estado, que fue acortando las diferencias que habían caracterizado las propuestas políticas de los laboristas y los conservadores. Bajo el manto de su “tercera vía”, quedaron atrás las diferencias de raíz que habían marcado James Challaghan, por los socialistas, y Margaret Thatcher por los Tories. Pero las cosas ahora son distintas, porque es la convivencia plácida entre el socialismo tibio de Blair y el conservatismo compasivo de David Cameron la que tiende a desaparecer en la medida que avanza la actual campaña.
Las propuestas de Edward Miliband vuelven a tener el tono socialdemócrata de otras épocas, al punto que no han dejado de espantar a los radicales de la derecha no compasiva. Sin entrar en las sutilezas de su programa, que recupera postulados como el de una mayor intervención estatal en sectores estratégicos, servicios financieros, vivienda o energía, además de una política tributaria redistributiva, hay intransigentes que tratan de revivir de manera calculada los fantasmas del “socialismo real” que tanto miedo les produjo a lo largo de la Guerra Fría. Del lado de la izquierda radical, en cambio, aparece una creciente antipatía por la incapacidad del gobierno saliente para allanar las desigualdades y la tendencia de los conservadores a refugiarse en los principios del tatcherismo.
Una de las peculiaridades de la competencia que terminará en las urnas es la preocupación por la integridad misma del Reino Unido y por las amenazas internacionales que se avizoran de manera cada vez más evidente. En el primero de los casos los laboristas han perdido según las encuestas su apoyo tradicional en Escocia, y los conservadores por su parte son tildados de haber puesto en peligro la unidad, al punto que durante su mandato estuvo a punto de romperse, si no hubiera sido por la acción conjunta de todos los partidos. En el campo internacional sobreviven además los temores derivados de la crisis europea y las amenazas de los desequilibrios que implica la presencia del “Estado Islámico”, que no actúa solamente en los campos del Oriente Medio, donde la Gran Bretaña tiene responsabilidades históricas, refrendadas con su participación en las guerras recientes, sino que aloja en sus filas musulmanes británicos que, al mismo tiempo, plantean retos de integración al interior del Reino Unido.
No es poca cosa que los conservadores estén ofreciendo la realización de un referendo en el que en 2017 se preguntaría a los ciudadanos si desean permanecer o no en la Unión Europea. Y la preocupación es grande por muchos motivos, en la medida que un cambio drástico y negativo en cuanto a la relación con Europa, de la que son campeones los laboristas, traería consecuencias de diversa índole y además desataría otra vez la opción del separatismo de Escocia, que tiene en la vinculación a la UE uno de sus postulados esenciales.
Como suele suceder en las democracias de larga experiencia, los ciudadanos que votan aprovechan cada oportunidad para decidir si se ha cerrado un ciclo. Hace cinco años los laboristas estaban desgastados y existía la esperanza de un cambio representado en la alternativa de los conservadores, reforzada por su alianza con los liberales demócratas. Ahora el desgaste le corresponde a esa coalición de gobierno, y en manos de los votantes está decidir si una mayoría, de partido o de coalición, ha de marcar otra vez el énfasis en la igualdad social, la intervención del Estado y el compromiso con Europa.
Si ganan los conservadores, los británicos, sus aliados y sus competidores, tendrán simplemente más de lo mismo. Si ganan los laboristas, además de los cambios que se pueden suscitar en el orden interno, habrá efectos de importancia internacional, particularmente en el orden europeo. No solamente el compromiso con Europa se vería reforzado, sino que la configuración política del continente presentaría un cambio favorable a una línea representada actualmente por Francia, con manifestación extrema en Grecia y opciones de avance en España, que plantearía una forma distinta de afrontar la crisis. Esta vez con participación del punto de vista de los pueblos y no exclusivamente del de los banqueros.