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NADA ENTUSIASMA MÁS QUE UNA carpa. Esconde un mundo de misterios que evoca la memoria primigenia de los seres humanos. Ocurría con los circos de antaño que alimentaban las fantasías infantiles. Ocurre con las acrobacias sorprendentes del Cirque du Soleil, y ocurre también, y sin exageración, con Delirio en Cali.
Un espectáculo que combina circo, salsa y orquesta en el mágico espacio creado por una gran carpa que integra un público diverso, mestizo, plural a través del baile. Más allá del show de cuatro horas, de la atmósfera de alegría que rodea este encuentro que se repite los últimos viernes de cada mes, Delirio es una exitosa empresa cultural que ha sabido trabajar con los incentivos creados por la nueva legislación para las industrias culturales en la que se aplicó a fondo la ministra Mariana Garcés, dirigida a estimular la creación y el arte como emprendimientos lucrativos que permitan subsistir y proyectarse con independencia de los precarios presupuestos con los que se había acostumbrado a funcionar la cultura en Colombia.
Delirio ha funcionado desde que nació hace nueve años porque entendió que la cultura es creación y goce, ruptura y entretenimiento, capaz de construir un lenguaje universal que trascienda los grupúsculos de especialistas y los códigos de los críticos atrapados en sus propias vanidades. También lo entendió Fabio Rubiano con su obra Labio de liebre, una cruda reflexión alrededor de nuestras tristezas, cargada de humor y alegorías, tan bien ensamblada que logró con una obra de teatro, género difícil, agotar boletería.
El espectáculo que sale a la superficie en la carpa de Delirio es además el resultado de un trabajo de años, surgido de las raíces, del fondo de esa mezcla de música y ritmo que se tejió en las barriadas de Cali y con la que la gente resistió el acorralamiento de los años aciagos de la narcoviolencia, cuando salir a la calle era de alto riesgo y se reunían en los estrechos espacios domésticos a escuchar salsa y a bailar. De allí resultaron las 150 escuelas de salsa y el semillero de bailarines que aparecen y descrestan en la tarima de Delirio.
Todo allí es colectivo. Bajo la batuta de la directora creativa Andrea Buenaventura, se construyen el libreto y la coreografía con el aporte de muchas voces; el vestuario, fastuoso y colorido, se materializa en el taller de costura de Ofelia, quien con la destreza empírica de una gran modista ajusta y pega lentejuelas. Es la explosión de talentos naturales que, moldeados con el trabajo y una clara dirección, construyen un show que ha llegado a 18 países. El último montaje, Vaivén, sueños de vapor, es una alegoría al ferrocarril del Pacífico, que cumple 100 años de inaugurado y que trajo desde el puerto a Cali los aires de ultramar. Algo de ese trazado heroico de rieles entre montañas y selvas que se ha escapado del olvido en ese imponente recorrido de naturaleza exuberante que une Cali con Buenaventura. Delirio ha pegado porque toca esas fibras de vitalidad y alegría que están allí, guardadas en cada ser humano, y que salen a flote cuando se les da la oportunidad.