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Algunos de los muyahidín que pelearon en Afganistán contra la invasión soviética en los años ochenta, como el mismo Osama bin Laden, terminaron por crear una red que ha pasado por varias fases, siendo la primera la de un grupo localizado principalmente en Afganistán, aunque ya había actuado contra Estados Unidos en Kenia y Tanzania.
Dicha red, sin una estructura militar centralizada, entró luego en una fase en la cual varios grupos reivindicaban ser de Al Qaeda por identidad ideológica (islamismo radical), y que actuaban de manera principalmente nacional. Son los casos de Yemen y de Al Shabab en Somalia. El siguiente paso fue (deliberado o no) apuntar a la construcción de control territorial en zonas fronterizas (ya no sólo en la frontera Afganistán-Pakistán), desembarcando en la zona del Sahel y haciendo presencia en Malí, Mauritania, Níger y Argelia.
Hoy podríamos decir, con fines pedagógicos, que entró en una tercera fase: el control territorial y el desarrollo de importantes operaciones militares en Siria e Irak. En el frente iraquí, la toma de Ramadi y Faluya, dos importantes ciudades, por parte de este tipo de milicias demuestra una capacidad militar relevante. En Faluya algunos líderes tribales preferirían la presencia de Al Qaeda al gobierno chiita iraquí, mientras otros han apoyado militarmente al ejército.
En el frente sirio, los dos grupos más relevantes pro Al Qaeda son el Estado Islámico de Irak y Sham y el Frente Al Nusra. Hasta allí llegaron, emulando a los internacionalistas islámicos que lucharon contra la invasión soviética de Afganistán, miles de voluntarios de diferentes países.
Fue precisamente en la frontera sirio-iraquí donde Al Qaeda recreó su puerta de entrada en Siria, desplegándose hacia el noroccidente sirio e incluso atacando con carros bomba en territorio libanés. Además, desde hace casi dos años se han reportado combates entre los rebeldes más moderados y los grupos pro Al Qaeda, cuya mayor gravedad se dio en las últimas semanas.
Tanto en Irak como en Siria, las históricas tensiones entre suníes y chiitas (que no se observan en otros países) alimentan el fuego, pues Al Qaeda rechaza la política del primer ministro iraquí de tendencia chiita, Nouri al Maliki, apropiándose de las reivindicaciones de los suníes iraquíes, mientras que en otras partes es punta de lanza contra grupos chiitas, como contra los hazaras en Pakistán.
Los radicales islamistas han desplazado propuestas nacionalistas en Chechenia, propuestas musulmanas moderadas, como la Unión de Cortes Islámicas de Somalia, y expresiones étnicas independentistas, como los tuaregs en Malí. También se han apoderado de banderas de minorías, como los suníes en Irak, y de propuestas rebeldes como en Siria.
George Bush invadió Irak en 2003, alegando supuestos vínculos de Sadam Husein con Al Qaeda, pero no logró otra cosa que el escenario para la creación de un grupo terrorista fuerte que controla una región occidental de Irak (la provincia de Anbar), que alimenta a los grupos radicales que tratan de desplazar a los rebeldes moderados en Siria, que está detrás de los atentados del Líbano y que da el enemigo externo que Estados Unidos tanto necesita para definir su política exterior cuando así lo necesite.
La guerra contra el terror no ha dado sus frutos. Pero sí permitió, en combinación con la trampa académica del “choque de civilizaciones”, construir una profecía llamada a autocumplirse: un enemigo internacional, con tentáculos en todo el mundo y capacidad militar, que además se basa en una lectura radical de lo islámico, lo que permite “justificar” muchas cosas.
@DeCurreaLugo
Profesor Universidad Javeriana.