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De un tiempo para acá, en Caucasia —el golpeado municipio del Bajo Cauca antioqueño— los clarinetes se escuchan más fuerte que las armas. Al menos, de esa manera ocurre en el universo de 250 niños que hacen parte del proyecto bandera de la Escuela de Música del pueblo: la Banda Sinfónica de Caucasia, un proyecto que con cuatro años de vida ha logrado darle la pelea a la guerra y arrancarle a ésta muchachos para la música.
La filosofía del colectivo es, básicamente: más que músicos, buenas personas. En realidad, parecen cumplir con ambas premisas. La constancia de eso la dejaron los 45 muchachos que en diciembre visitaron Bogotá para presentarse por primera vez en la capital, gracias a la invitación de la Fundación Oleoductos de Colombia, que los descubrió en un acto en Caucasia.
El espectáculo se llama ‘Ser tocado en vida… ser tocado en vivo’ y se inicia con un video de testimonios de algunos de los músicos sobre cómo les ha cambiado la existencia desde su ingreso a la banda. “Ha sido fuente de disciplina”, “es un orgullo porque acá llegan sólo los mejores”, “me gusta demostrar que Caucasia es mucho más que hombres armados que se matan entre sí”. Y entonces, el tambor de Luis Ángel, el corno francés de Juliana, el clarinete de Miguel Ángel, y todas las armas musicales del resto de chicos, toman vida propia y comienzan a contar, mediante canciones populares, colombianas y extranjeras, la historia de su superación.
Al mando de la batuta, el maestro Rúber Elí Delgado Berrío, músico graduado en la Universidad de Antioquia, reflexiona: “En vista de tanta problemática social, sicariato, narcotráfico, bandas emergentes, paramilitares, guerrilla; de fenómenos tristes, como ver a niñas de 14 años trabajando como prepagos; tantas madres adolescentes, muchachos drogadictos o alcohólicos, menores pandilleros; esta iniciativa pretende, con toda la humildad del caso, arrancarle muchachos a la guerra”.
La guerra, ese enemigo sin rostro ni cuerpo que no siempre se siente con el estruendoso sonido de las armas, sino que ataca muchas veces de manera silenciosa, por las carencias que en algunos avivan el deseo del dinero fácil y rápido. El mundo de la Sinfónica es lo opuesto: adscrita a la Casa de la Cultura del municipio, con dos monitores y un director, ofrece clases teóricas gratuitas de dos horas para jóvenes de entre 6 y 22 años, que luego, según su rendimiento, pueden elegir un instrumento para especializarse.
Las etapas de la formación son: semilleros, prebanda e instrumento. La condición: que los chicos estudien y logren buenas calificaciones. El premio: los mejores, y únicamente los mejores, llegan a hacer parte de la Sinfónica.
No es para que se dediquen a la música toda la vida y pretendan generar sus ingresos de eso, no. Al menos, eso advierte el maestro Rúber Elí Delgado Berrío: “La música no da plata y vivir de ella es difícil. Queremos que sean unas buenas personas, independientemente del oficio que escojan”.
Luis Ángel nació en Caucasia, tiene 16 años y quiere ser ingeniero ambiental. Perdió un tío por la violencia. Pero eso no es novedad. La novedad, para él, para su familia, es que por primera vez viajó a Bogotá como responsable de la percusión en la Banda Sinfónica de su municipio y, además, fue el encargado del discurso de agradecimiento en representación de sus compañeros, ante el público que los fue a escuchar al Gimnasio Moderno. «Estoy feliz de que lo poco malo de mi pueblo no siga opacando todas las cosas buenas que tenemos».