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Bueno, no es para tanto. Pero sí es visible la urgencia que manifiesta el Gobierno por reconciliarse con el expresidente Uribe, el cual, quiérase o no, representa la mitad del país. Poner su voluntad a favor de la paz de Santos se considera necesario, entre otras cosas, para convertirla en una paz nacional.
En esta dirección, una fue la visita que procuró el Gobierno, nunca tan bien dicho, con el procurador general, afecto a Uribe, quien fue invitado a Palacio, visita de la que poco o nada salió en beneficio de la reconciliación y sí, en cambio, un mayor enfrentamiento.
Ahora es la visita de las hormigas, esto es, la que realizó el ministro de Presidencia al expresidente, engolosinado con un paquete de hormigas santandereanas, que algunos aún no sabemos cuál sea su gusto ni cómo se engullen. Allí, en su oficina del Congreso, estaba el ya un tanto mayor exmandatario, dispuesto a escuchar propuestas y a explicitar las suyas, inamovibles.
Y es que la clásica pelea entre mandatarios sucesivos toca, en este caso, los estrados judiciales. No porque el gobierno Santos esté acusando directamente a Uribe. Pero la importación de la señora Hurtado desde Panamá, con aquella presión para burlar el asilo diplomático, con aquella visita expresa a ese país que forzó su regreso y la coacción que se le debe estar haciendo en la Fiscalía, para que acuse al exmandatario y lo reduzca a la cárcel, todo ello vuelve complejo, si no imposible, el abrazo reconciliador.
Esta fractura recuerda la de Mariano Ospina Pérez y Laureano Gómez, jefes de un mismo partido, como aquí ocurre, y de la cual no hubo saldo a favor ni arreglo posible. Ospina no asistió ni al entierro de Gómez, uno de los grandes de la República, en gesto de mezquindad. Esto para hablar de colosos o titanes, cuando los situamos en una dimensión que no se les da, por lo general, a los contemporáneos.
La pelea de hoy tampoco será de fácil conciliación. Tantas han sido las ofensas recíprocas, de aquellas que no se lleva el viento, y tan visible la traición que entraña haber pasado de llamar al exmandatario “el mejor presidente de la historia ” a ser su mayor contradictor.
Se agrega a todo que la paz se ha particularizado, que es de maquillaje exterior, que se la ha paseado por el mundo sin aún conseguirse y que dejan verse anhelos non sanctos por el noble premio de la dinamita.
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Dolor grande. Un chico de quince años (Miller Steven Ramos), hijo de un eficiente portero, hoy con el alma en ruinas, ha sido asesinado de puñalada artera por robarle su bicicleta, en el barrio Lijacá, carretera central, al norte de Bogotá. Es la truculenta ciudad que padecemos; es la pésima gestión de seguridad urbana, que repudia el 85% de los ciudadanos. Es la indignante falencia policial.