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Los maestros

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SOY PRODUCTO DE LA EDUCACIÓN pública de este país, pero antes de formar parte del sistema educativo formal, pasé por las manos de alguna maestra, que más por vocación que por formación, reunía en el patio de su casa a varios niños y niñas, les enseñaba a leer y escribir o los hacía memorizar las tablas de multiplicar, mientras rayaba una luna de coco o reprendía al vecino travieso que amenazaba con robarse una fruta del patio.

Fue un tanto tardía e irregular mi primaria para el promedio de los de mi generación. Cuando por fin pude terminarla, entré a estudiar el bachillerato en un colegio público a siete cuadras de la casa donde vivía, en el barrio Los Fundadores de Valledupar. Las instalaciones del colegio eran pequeñas para la cantidad de estudiantes que había, no tenía una buena planta física, ni laboratorios ni buenas instalaciones deportivas, y los baños eran una cloaca de grifos en permanente goteo, senderos de orines amarillos en el piso y retretes averiados a reventar. No exagero cuando digo que aquello estaba más relacionado con la estética de un penal que con la de un plantel educativo.

El profesor de trigonometría solía llegar pedaleando al colegio todas las mañanas en una monareta, ya anacrónica incluso en esos tiempos, cuando usar prendas y artefactos de otra época era una muestra de precariedad absoluta y no una tendencia vintage buscada con esmero. Puedo decirles que tampoco lo hacía por vocación deportiva, y algunos en el salón juraban que en sus ratos libres ejercía de albañil porque todos los ejemplos que ponía para ilustrar sus clases estaban relacionados con ese oficio.

Se enseñaba música, pero no había ni banda de guerra ni siquiera un tamborcito para desahogar las energías juveniles. El profesor Pedro Becerra, un músico virtuoso y apasionado por su oficio que tocaba los vientos en la banda del departamento del Cesar, quedaba disfónico después de cada clase, porque debía convertirse en un imitador entusiasta de los sonidos musicales que escribía en el pentagrama dibujado en el tablero. De aquellos tiempos me quedó una infinita admiración por mi profesor y la capacidad para poder entender las notas en un pentagrama, a pesar de que no aprendí a tocar ni una pandereta.

Varios años después, una mañana de agosto del año 2002, lo vi en un encuentro de investigadores del Caribe colombiano en el Hotel Santa Clara de Cartagena. Me presenté, le dije que había sido su estudiante en el bachillerato en un colegio de Valledupar, y le recordé aquellos tiempos de clases de música en un aula calurosa donde nunca sonó ni una flauta. Lentamente, sus ojos se fueron encharcando.

A falta de laboratorio, el profesor de química, un hombre menudo, de baja estatura y cara de niño bueno, se esforzaba por explicar, sin los recursos necesarios, las reacciones que se producían al combinar los elementos químicos: si juntas permanganato de potasio con glicerina hace ¡pum!. Para colmo, luego de la clase de educación física, el salón se convertía en un festival de humores, y el maestro de la clase siguiente debía soportar a 40 adolescentes que habían sudado en el patio como caballos, cuyos olores no se alcanzaban a disipar con el poco aire que salía de un ventilador de techo que parecía girar en cámara lenta.

Ah, se me olvidaba decirles, además de todo, a estos maestros, les pagaban mal.

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