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Dicen que cuando Jorge Mario Bergoglio resultó elegido por los cardenales en el Cónclave, el 13 de marzo de 2013, se retiró unos minutos a la “sala del llanto”, ubicada detrás del fresco del “Juicio final”, de Miguel Ángel, a la que se accede pasando por la pequeña puerta que está a mano derecha debajo de la representación del “infierno”, en donde está la figura de un monseñor que fatigó la paciencia del artista con sus interrogantes morales vinculados a la indumentaria de la multitud de imágenes allí representadas. Dicen que ingresó en ella con estupor, sobrecogido y que de nada le valió la formación de jesuita y la reciedumbre de todo lo vivido para no pagar el peaje de las lágrimas al llegar a convertirse en la autoridad indiscutida de los católicos del mundo.
El recién elegido está solo —con sentimientos encontrados— y es preciso entender que no ha sido fácil la llegada a esa plenitud del poder que elimina casi totalmente la libertad individual y lo hace dueño del destino de muchos. Nadie niega que este desconcierto por la propia elección se ha dado más en la moderna historia de la Iglesia —sobre todo luego de la irrupción de Garibaldi y de Cavour, quienes despojaron a la Iglesia Romana de los elementos más significativos del poder terrenal— llena de grandes personajes de los que es difícil —pese a sus defectos— no enorgullecerse por los testimonios de humanidad ofrecidos y de la búsqueda de una ejemplaridad de vida.
Bergoglio sale a recibir el saludo de quienes hasta unos minutos antes eran sus iguales y es anunciado por el cardenal Tauran y aparece ante la multitud estrenando el nombre de Francisco y haciendo gestos de humildad cierta en un hombre acostumbrado a pensar lo que dice y decir lo que piensa.
Las editoras y las imprentas
En Buenos Aires, en el arzobispado de Bergoglio, se hicieron a la tarea de digitar lo aún no digitado sobre el cardenal transformado en papa. Cada quien convirtió en biografía alguna anécdota; los que bien lo querían llevaron al máximo los elogios, sus enemigos dulcificaron sus críticas, en San Miguel en el Colegio Máximo de la Compañía se rescataron datos de aquel profesor de filosofía aficionado a la literatura y los supuestos vaticanistas lo convirtieron de la noche a la mañana en políglota y lo graduaron de doctor en Alemania. Se acuñaron medallas que en nada se parecían al nuevo papa utilizando la antigua costumbre romana en donde el torso era el mismo y se le añadía tan sólo la cabeza. Se publicaron historias clínicas acomodadas, se le endilgaron afectos múltiples que hicieron “agradables” las tertulias romanas y a ella se añadieron los argentinos que estaban de turismo por esos días que resultaron íntimos amigos del sumo pontífice y a los que se unieron los chilenos que supieron por alguna información que había estudiado en Chile. Hasta los vaticanólogos con mejores fuentes fueron ajustando informaciones que habrían de convertir en folleto o libro. Tan sólo la maestría de los claretianos logró darle fondo a la situación publicando las homilías y conferencias de Bergoglio en Buenos Aires.
Un papa sin minutantes
Se llama minutante a quien toma en el Vaticano la minuta de lo que se está hablando y que la perfecciona para archivo. Algunos dan este nombre a quienes escriben para el papa (los llamados Ghostwriter) que de seguro irán apareciendo, pero que no van a tocar el área homilética del papa en la forma y fondo de dirigirse a las gentes.
Llama la atención —si se poseen los materiales de lo escrito por Bergoglio— que ha venido repitiendo como papa lo que dijo en su pasado inmediato y que a veces despertó más de un resquemor en la Argentina tan llena de convulsiones. De su archivo iba leyendo y en las predicaciones diarias en la matutina celebración eucarística de la Capilla de Santa Marta improvisaba como pastor que conoce lo que debe decir. Esa costumbre de la espontaneidad en el mensaje, muy semejante a la de Jesús el Cristo, crispa a los teólogos. Lo que sucede es que Bergoglio es letrado, buen lector y prepara adecuadamente sus improvisaciones y es seguidor de la Teología de la Misericordia, que fue el título del libro de meditación que llevó al Cónclave y del que es autor el cardenal Walter Kasper, quien vio convertido el texto en un best-seller luego de la mención que de esa lectura hiciera el papa.
Pocos días después, en la librería Vaticana, encontramos al cardenal brasileño de Aparecida, Raimundo Damasceno Asís, quien nos dijo que el papa había obtenido una buena votación, pero que no encontraría a nadie que nos dijera y dijera en público que no había votado por Francisco y esa ha sido una verdad enorme. Claro que ya tomadas algunas determinaciones de Francisco, no ha faltado algún cardenal que reconozca que “cometimos un error al elegirlo”. ¿Por qué?
Por la calle del medio
Francisco respira frescura. Desde el primer momento rechazó las tradicionales vestimentas papales y sólo asumió la sotana y el solideo. Atrás quedaron los zapatos rojos que donaba Prada y los demás adornos que hacían parte del ritual de la presentación ante la gente.
Pero es fundamental entender cómo juega la Providencia. Se afirma que un grande grupo de cardenales partían del hecho de la elección del cardenal Scola, un gran eclesiástico que venía de la Cátedra de Milán y que desde el precónclave se había perfilado como el de mayor aceptación. Por esos días la política italiana bullía entre quienes de nuevo darían apoyo a Berlusconi, pese a todas las oscuras escandalosas conductas y quienes clamaban por una renovación votando contra él en medio de la incertidumbre que trajera asumir otra opción. Se dice que los eclesiásticos italianos participantes en el Cónclave se dividieron de tal manera que los demás reorganizaron su pensar y desecharon la opción de un papa italiano. Hay quienes afirman que cuando salió el humo blanco llegaron a algunas partes los telegramas felicitando el nombramiento del cardenal Scola.
Nadie había siquiera mencionado la candidatura de Jorge Mario Bergoglio. Se sabe que se realizaron en el precónclave una serie de consejas mitad italianas y mitad latinoamericanas o mitad latinoamericanas y mitad alemanas. El nombre del argentino aparece por el gran trabajo realizado en Aparecida en mayo de 2007, en el marco de la V reunión del Celam, en la que fue cabeza del comité de coordinación del texto escrito, que es hoy bitácora de la Iglesia latinoamericana y de las Antillas, y que forma parte del obsequio que Francisco entrega a los presidentes que de este continente lo visitan.
Más aún lo avalan tanto las intervenciones en el precónclave que eligió a Ratzinger, en que hizo parte de quienes reclamaban claridad en el manejo de la Iglesia frente a las corrupciones de todo orden que hacían olvidar el bien que se realizaba, y luego en el pasado precónclave, en donde con otros exigían absoluta transparencia y la necesidad que el elegido supiera la dimensión real de los problemas y la dificultad de encontrar medidas prontas y eficaces.
El final del imperio
Sin duda alguna, es el papa de Aparecida, del continente que acoge la mayoría de los católicos del mundo, de la “Iglesia del futuro”, a la que finalmente le llegaba su presente.
Difícil será para los europeos aceptar lo que siempre han evitado y es que en “nuestra América” es posible y es real la filosofía, la teología y la iniciativa de un pensamiento humanista propio. Dicen que Hegel pronosticó que en la decadencia de Europa hacia América emigraría la lechuza de Minerva.
Sin duda alguna es enorme la diferencia de la Iglesia conocida en territorios de misión y entre los pobres de los barrios marginados, o aquella que trabaja en los boatos del Vaticano con la actitud imperial de algunos que allí trabajan o dejan discurrir sus vidas como cuasi príncipes medievales y señores. Mientras buscaban personalmente una casa o palacio que contuviera su dignidad, el nuevo papa renunciaba a vivir en los palacios apostólicos y mantenía su tónica de que en la Iglesia de todo se dialoga, pero no todo es negociable.
Se dieron cuenta todos de inmediato que algo había sucedido y que la elección no era rutinaria. Había llegado el pastor con la Iglesia de los pobres y lo había declarado con contundencia, no como una palabra sino como realidad. Se dieron cuenta de que el papa desayunaba con todos, almorzaba lo que les servían a todos, se servía de automóviles populares, se salía del libreto para saludar a los pobres y a los enfermos yendo hacia ellos y ordenó que los cupos de los conventos vacíos por falta de vocaciones acogieran a los migrantes que vivían como en campos de concentración en Lampedusa y en otras partes.
Y lo hizo frente al reclamo sordo de los expertos en arte celosos de los pobres que allí llegaban con el mal olor y otras costumbres no académicas ni ceñidas al protocolo. Algunos pensaron que eso sería pasajero, pero ya perdieron la esperanza porque se dieron cuenta de que Bergoglio es realmente Francisco, el “pobrecito de Asís”, revivido para orientar el camino que nos saque de la crisis. Ya lo decía el texto de Aparecida: que no estamos en una época de cambios, sino en un cambio de época.
* Exembajador de Colombia ante la Santa Sede (1998-2007). Consultor en el Pontificio Consejo para los Laicos.Espere mañana: “La gran bifurcación que propone el papa”.