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Cartagena
¿Cómo diferenciar a qué lado de la pantalla cinematográfica nos encontramos? Podemos ser espectadores o protagonistas de una realidad cruda y violenta. Las “invenciones” del cine se acercan, de manera arriesgada pero necesaria, al testimonio documental sobre un continente en crisis. Nada nuevo o del todo inesperado cuando las amenazas de la guerra en el triángulo Colombia-Venezuela-Ecuador se filtraron entre las proyecciones y el ánimo del público que durante el transcurso del 48º Festival Internacional de Cine y Tv de Cartagena descubrió una frontera, cada vez más frágil, entre la violencia hecha cine y la incertidumbre por el enfrentamiento en el ring político donde se agreden Álvaro Uribe, Hugo Chávez y Rafael Correa.
Un malestar que detonó en la conciencia del público, mientras la barbarie policial; la persecución de sus víctimas; el entrenamiento de un grupo paramilitar que allana, tortura y asesina –para citar la trilogía de un viejo y lamentable lugar común en Latinoamérica–, inquietó al público en una experiencia visual, violenta y vertiginosa, que no desmentía la realidad.
Tropa de élite (2007), del director brasileño José Padilha, esperada en el Festival como una sorpresa del evento tras haber ganado el Oso de Oro en el Festival de Cine de Berlín 2007, comprometió la energía y el temperamento de los espectadores, que pudieron comparar la película con otras aventuras no menos descarnadas de la violencia en Brasil –Pixote: A lei do más fraco (Babenco, 1981); Ciudad de Dios (Meirelles, 2002); Carandiru (Babenco, 2003)–, como si antes hubiéramos visto historias inofensivas o infantiles comparadas con Tropa de élite.
El comentario generalizado ante la película de Padilha variaba. Desde los elogios a su forma cinematográfica y la manera como la sucesión de imágenes se traducía en una gimnasia visual infatigable, hasta el contenido de un relato que ironiza sobre la mala conciencia de los que aprovechan la pobreza para hacer “obras sociales” y consentir su ego, Tropa de élite se hacía todavía más dramática por su descripción y sus explicaciones de la barbarie en el paisaje urbano.
Los policías no son simplemente matones a sueldo; los traficantes son un resultado de la mala suerte, la codicia y la criminalidad que seduce y corroe, y el combate permanente por ser alguien en un mundo donde esto significa dejar un largo rastro de cadáveres, establece los términos en los que se produce la carnicería callejera.
El convencimiento de que la violencia y su brutalidad no son un patrimonio exclusivo de ninguna geografía, llevó a contrastar el paramilitarismo descrito en Tropa de élite, con las noticias cotidianas del horror que ha hecho de Colombia un campo de batalla.
¿Quiénes son los culpables? ¿Los que ejecutan los crímenes o quienes financian su delincuencia organizada y sus masacres? En Tropa de élite, uno de los motivos que conduce al caos es la visita del Papa Juan Pablo II a Río de Janeiro. Sugiere otra pregunta: si su Santidad supiera del operativo policial que despliega su visita, ¿insistiría en venir a Latinoamérica y, específicamente, a Brasil con sus “favelas”, semejantes a tantas otras en el continente?
Los “escuadrones de limpieza”, representados en la película por el BOPE (Batallón de Operaciones Policiales Especiales), tienen la singularidad del entorno brasileño. Por extensión, recrea otros ejércitos paralelos que se multiplican en distintas coordenadas al servicio de la corrupción, de la democracia y de sus “héroes” –que temen ser destronados del poder–, y de la vigilancia ante un orden supuesto que mantiene a la estirpe de los “sospechosos de siempre” en el ojo del huracán.
A las temáticas recurrentes del terrorismo, los bombardeos en Afganistán o la invasión de Irak por los Estados Unidos como una nueva dimensión del cine norteamericano, Latinoamérica y sus directores las prolongan con su versión del exterminio, que impide olvidar la historia de la dictaduras, las persecuciones ideológicas, los golpes militares y, en general, lo que hace parte de un lamentable folclor político que nos condena.
La pantalla donde se proyecta una película sirve de termómetro inmediato a la experiencia humana de sus espectadores y a la realidad que espera al otro lado del teatro para comprobar que el cine no es simplemente el espejismo visual de un mundo imaginario.
Tropa de élite no es una película que deje esperanzado al público. La violencia respira en cada imagen. Pero el mundo no es precisamente un parque de diversiones. Y tanto José Padilha como los directores que filman con sus cámaras las pesadillas de la muerte –a manos de paramilitares o por parte de un Estado que liquida a través de ellos a sus opositores–, nos ofrecen más y mejores argumentos para evitar la manipulación de noticieros que se emiten como canales de información estatales.
La ficción nos permite comprender así, con otra perspectiva, la realidad que nos ha tocado en suerte. Al menos a evitar la ingenuidad y tratar de comprender cuáles son las “historias de la vida real”, con base en las que está narrado nuestro presente y, quizás, nuestro futuro inmediato.