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El día después del invierno

Según cálculos del Gobierno Nacional, 70% de los damnificados del país se encuentran en la Costa Atlántica.

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Una historia —la más oficial, la más visible— comenzó 30 de noviembre de 2010, cuando el agua rompió un pedazo del Canal del Dique, en el sur del departamento del Atlántico, y cinco municipios quedaron inundados. Otras historias transcurren en los bordes y funcionan como poderosas metáforas. En Manatí, uno de los pueblos inundados, un hombre decidió esperar el agua encerrado con sus libros. Perdió la biblioteca. La fuerza del gesto, su rigurosa poesía, es también la imagen de la memoria perdida. Ese pedazo que la inundación se llevó y que probablemente no devolverá. Como si, además del vacío físico que alcanzó a tener más de 200 metros, el agua hiciera otros huecos más hondos.

Para casi todos los pueblos afectados, la tragedia fue interrumpir el tiempo para echarlo a andar de nuevo. O al menos intentarlo. En medio del agua, no quedaron muchos registros oficiales. El desplazamiento, sus más de 100 mil damnificados, fue absoluto. Tal vez hay que volver a crear el mundo, no sólo el tiempo. Como en un mito inicial, primitivo. Crearlo, nombrarlo, dotarlo de sentido.

Y, de cualquier modo, mirar al pasado. En una topografía de 1958, hay una imagen parecida a la de hoy. Los pueblos del sur del Atlántico —Manatí, Suan, Campo de la Cruz, Candelaria— existen, como en la tragedia de estos días, rodeados de agua. Ciénagas, lagunas, pantanos. “Antes de 1970, todo esto era así”, dice Manuel Alvarado, el ingeniero que ha estado al frente de las mediciones en el Canal del Dique. Al decirlo, Alvarado hace referencia implícita a la palabra “equilibrio”. Como decir: antes de convertir la zona en distritos de riego, antes de quitarle al agua lo que tenía, había alguna armonía, alguna convivencia —más fluida, más amable— con el medio natural.

Antes de que entrara tanta agua —mil doscientos millones de metros cúbicos que inundaron 400 kilómetros cuadrados, casi una tercera parte del departamento— por el hueco del Canal. Y antes de que las cifras sonaran tan estremecedoras. De todas las que hay, Alvarado prefiere hacer énfasis en una: según los cálculos, el mínimo nivel del río en este año 2011 —seis metros en Calamar, Bolívar— superará el máximo a nivel histórico, desde las medidas de 1940. Si el año pasado el nivel más bajo fue de 1,50 metros, la cifra este año aumentará casi 5 metros. Y entonces Alvarado afirma con pausa: “esto es muy grave”. Y dice que esta inundación, que a veces suele ser todas las inundaciones, debería servir para visibilizar las otras.

Cuando el pedazo que falta del dique esté cerrado —y faltan menos de 12 metros—, habrá que sacar el agua, y con ella un poco de la tragedia. Tampoco será fácil. “Hay que hacer el 90% por gravedad”, dice Alvarado cuando se refiere a una manera de sacar el agua estancada cruzando varios lugares (Gambote, el embalse del Guájaro, los caños Dique Viejo y Arenas, Bohórquez). La idea, que es en realidad la suma de varias soluciones, debería servir para aliviar la situación. Pero tardará. Y si los pronósticos del Ideam se cumplen —lluvias para marzo—, la situación puede complicarse aún más. Tendría que dejar de llover, tendría que parar el tiempo.

Juan Pablo Deik, secretario de Infraestructura del Atlántico, ruega que el nivel del río baje para sacar las aguas. Porque sacar las aguas es el punto de partida, tal vez el origen del mundo. Si los pueblos vuelven a estar secos, será posible hacer un inventario de daños, recuperar lo que todavía funciona (“estructuras hechas con normas antisismo”, asegura Deik) y reconstruir lo que haya quedado muy débil, “como las casas viejas”.

En rigor, si la tragedia es una suma de historias, de circunstancias peculiares, la ruptura del Canal tiene la suya propia. No sólo por los anuncios fallidos (en su momento, las autoridades dijeron que el hueco estaría cerrado para Navidad), sino también por cada dificultad. Y también por Édinson Tamayo, que carga en el acento algo parecido al humor y a la complicidad. Fue Tamayo quien lideró la tripulación que trajo la grúa Parmalift, la bestia enorme capaz de cargar bolsas (o superbolsas) de 10 toneladas para llenar los pilotes. Y fue él quien soportó la travesía de traer la grúa desde Santa Marta hasta Barranquilla. Es decir, los días en que tuvieron que desmontarla para que pasara por debajo de los puentes Pumarejo y Calamar, y los días en que tuvieron que armarla de nuevo para que trabajara. No hubo Navidad, no hubo regalos. “El 31 de diciembre lo pasamos amarrados”, dice Tamayo con alguna socarronería, para también omitir las versiones —y otra vez está la sonrisa cómplice, sabrosa— de que la grúa lleva algunos días lista sin trabajar por el recelo de los otros trabajadores de las dos firmas que funcionan a lado y lado del hueco, que creen —dicen los rumores, Tamayo apenas sonríe— que vinieron a quitarles el trabajo. Al final, la grúa empezó sus trabajos apenas todos los pilotes estuvieron puestos.

Al final, la única muerte fue la de un hombre que intentó salvar una vaca. En principio lejana y solitaria, la cifra deja de serlo cuando se piensa en esas miles de muertes más simbólicas, más duraderas. Cuando está la sensación de que superar la tragedia será como vivir de nuevo, como despertar de un mal sueño.

A simple vista, un viaje por la Carretera Oriental permite pensar que el agua bajó. En Campo de la Cruz ya es posible ver una parte de la calle principal. Algunos distritos de riego empiezan a sobresalir. Los cambuches a lado y lado de la vía (“damnificados de Campo de la Cruz”, “damnificados de Manatí”, dicen las improvisadas vallas que han montado para identificarse) parecen menos amenazados, menos peligrosos, menos inminentes. Aunque tal vez todo es igual de paradójico cuando las personas piden, precisamente, agua para beber. Y no hay.

Fuera de contexto, como si nada en absoluto hubiera pasado, está Suan. El pueblo modelo, el pueblo arca. El pueblo que superó las advertencias, las debatió y las refutó. Habría que recordar la orden de evacuación que alguna vez dio la Gobernación, y la respuesta decidida de los hombres del pueblo. Y la convicción de Juan Acuña, Secretario de Planeación, cuando dijo conocer el río. Suan es una buena noticia, la prueba de que la lógica —el río a punto de sobrepasar el muro de contención— no es exacta ni absoluta. Que algunas veces, quizá menos de las que uno pueda imaginar en una tragedia como esta, también es posible volver, como lo han hecho muchos de sus habitantes.

Habría que pensar en Dayanis Domínguez, la joven mujer de Manatí que tuvo a su hijo poco después de salir de su pueblo. Moisés representa muy bien la situación de muchos otros niños que nacieron en medio de esto: hijos de la tragedia que vinieron al mundo no ya en hospitales sino en albergues. Pensar en ellos y también en la niña anónima que lo sintetizó todo con una simpleza pasmosa: “nada va a ser igual, todo va a ser mejor”. Y que, al hacerlo, nombró el Plan de Reconstrucción que los alcaldes y gobernadores del Caribe colombiano presentaron al Gobierno Nacional, un documento de 12 páginas que habla de la magnitud del desastre (casi el 70% de los damnificados del país son de la región), propone objetivos específicos (la reconstrucción física, la sostenibilidad ambiental, la recuperación del tejido social, entre otros), habla de una etapa de tres acciones (atención, reconstrucción y reactivación productiva), y proyecta formas de financiación como la reasignación de los recursos de las Corporaciones Autónomas Regionales y de los subsidios de vivienda que hasta ahora no hayan sido utilizados. 
 

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