Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Pese a que la fecha es un momento de dolor y a que incluso los candidatos a la Presidencia, Barack Obama y John McCain, decidieron visitar la Zona Cero de Nueva York y en un comunicado conjunto hicieron explícito que “dejarán de lado la política y se reunirán” para conmemorar el séptimo aniversario de los fatídicos acontecimientos, las secuelas de la retaliación estadounidense contra el denominado “mal” continúan. Ya pocos recuerdan, sin embargo, en qué momento y de qué manera la retórica de la lucha contra el “terrorismo” se impuso mundialmente.
En el momento en el que llegó el presidente George W. Bush a la Casa Blanca, su equipo de trabajo, liderado por la entonces directora del Consejo Nacional de Seguridad, Condoleezza Rice, divergía entre dos formas diferentes de abordar las relaciones de su país con el mundo. Colin Powell y el Departamento de Estado, cuyas posiciones en materia de política exterior fueron declaradas en su momento obsoletas, defendían el papel jugado por organismos multilaterales como la ONU. Los responsables civiles del Pentágono, por su parte, proponían una transformación radical del orden tradicional. Abogaban por la propagación universal del modelo democrático practicado por Estados Unidos, haciendo caso omiso de las instancias internacionales. Defendían una política unilateral y ante los hechos del 11 de septiembre que hoy se conmemoran, el presidente George W. Bush optó por alistarse en sus filas.
Siguiendo el eslogan de la “guerra contra el terrorismo”, los Estados Unidos se involucraron en una gigantesca aventura militar que habría de dividir al mundo entre los que hacen parte del “eje del mal” y los que no. Tras obtener el consentimiento de las Naciones Unidas para dar fin al poder ostentado por los talibanes en Afganistán —y después de saltarse el Consejo de Seguridad—, el gobierno del presidente George W. Bush invadió Irak en 2001, derribó el régimen de Saddam Hussein y ocupó el país en 2003.
Debido a la obra del que para muchos es el precursor de lo que se denomina “neoconservadurismo”, Paul Wolfowitz, la creencia en un sistema multipolar perdió espacio frente a la idea de que existía un consenso entre la opinión norteamericana y “las naciones civilizadas” en torno a la distinción entre el “bien”, que es preciso incitar, y el “mal”, que es oportuno perseguir. Una maniquea visión del mundo que ya con anterioridad había sido defendida en el contexto de la Guerra Fría y la oposición entre un “mundo libre” y el “bloque soviético”.
Amparados en la posibilidad de hacer respetar una única moral universal, constituida por los valores democráticos que tras la caída del muro de Berlín llevaron a que se hicieran los best sellers El fin de la historia y El choque de las civilizaciones —escritos por Francis Fukuyama y Samuel Huntington, respectivamente—, los Estados Unidos desataron una guerra con señales de cruzada en el Medio Oriente. El “mal” ya no lo constituía el “Este”, sino el “Oriente”, en torno al cual se aplicaron diversas armas militares y políticas.
Desde entonces, Osama bin Laden sigue libre, la situación en Irak, pese a que ha mejorado, no se ha resuelto y Afganistán está sumido en el completo caos. Obama, con cautela, se ha referido a la importancia de introducir medidas policivas para hacerle frente al terrorismo; McCain, sin vacilaciones, ha dicho que continuará la persecución en los mismos términos en los que George W. Bush la ha incentivado. Todo indica que la guerra contra el terrorismo seguirá siendo el factor explicativo del nuevo orden mundial.