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Aunque el país esquivó, al menos por ahora, las sanciones que anunció Donald Trump, tras la decisión de Gustavo Petro de rechazar dos vuelos con deportados, la situación desnudó las fragilidades de la relación entre Colombia y Estados Unidos y las posibles consecuencias devastadoras que tendrían los desencuentros con el principal socio comercial.
Los aranceles que inicialmente anunció Trump, de 25 % que en una semana llegarían al 50 %, y la promesa de Petro de pagar con la misma moneda, gravando al mismo nivel las importaciones de Estados Unidos, alarmaron a gremios y expertos de todas las orillas. No es para menos. Como señaló la Asociación Nacional de Comercio Exterior (Analdex), para construir un Tratado de Libre Comercio (TLC) o un acuerdo comercial se necesitaron años de esfuerzo, que “no se puede borrar de un plumazo en una tarde de domingo, vía redes sociales”.
José Ignacio López, presidente de Anif, advierte que una guerra comercial, sumada a otro tipo de sanciones, pondría en peligro la recuperación económica, impulsaría la inflación, implicaría depreciación de la moneda y aumentaría la prima de riesgo país. El efecto en los precios, el crecimiento, la inversión, el empleo y el bienestar de los colombianos es difícil de medir, pero la situación sería, claramente, muy grave. Por fortuna, estamos hablando en términos de supuestos, gracias a que el “impasse”, como lo llamó la Cancillería, quedó superado.
La verdad, aunque dolorosa, es que las consecuencias para Estados Unidos no se comparan con el desastre que sobrevendría para la economía colombiana. En palabras de Andrés Giraldo, profesor del departamento de Economía de la Javeriana, “para ellos es un resfriado de una hora, para nosotros una neumonía”. Si bien EE.UU. es el principal origen de las importaciones en Colombia, cuando la ecuación se mira al revés, somos el socio comercial número 25 de ese país, con una participación del total de compras internacionales que no supera el 0,5 %, según el Ministerio de Comercio.
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En los últimos 10 años la participación de Estados Unidos en las exportaciones colombianas no ha bajado de 25 %. Hernando Zuleta, decano de la Facultad de Economía de la Universidad de los Andes, menciona que exportamos bienes sensibles para la economía e intensivos en mano de obra. Una guerra comercial, como la que se estaba gestando el domingo, golpearía con fuerza sectores como el café y las flores. Con esos aranceles nuestros productos serían poco competitivos y las exportaciones caerían.
Ese escenario de disputa con el principal socio comercial saldría muy costoso. Luis Fernando Mejía, director de Fedesarrollo, explica que con la caída de las exportaciones entrarían menos divisas, esa consecuencia, sumada a la considerable incertidumbre, claramente afectaría la tasa de cambio. Un dólar más caro golpea a los productores, que compran en dólares insumos y bienes de capital para los procesos productivos, y a los consumidores en general. Es decir, le pega a la inflación.
Las posibles represalias que tomaría Colombia son para algunos analistas “un tiro en el pie”. Entre enero y octubre del año pasado, Estados Unidos fue el principal origen de las importaciones colombianas, seguido muy de cerca por China, con participaciones de 25,5 % y 24,5 % del total de las compras colombianas en el exterior.
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Mientras Colombia suele venderle más bienes de la canasta minero-energética a Estados Unidos, en las compras a ese país la ecuación está decididamente del lado de los bienes que no tienen que ver con las industrias extractivas. Según el Ministerio de Comercio, entre enero y septiembre del año pasado, Colombia importó a ese país US$8.549 millones (CIF) en bienes por fuera de los minero-energéticos, mientras que de este renglón compró US$3.442 millones.
Entre los 15 principales productos de importación se encuentran bienes como maíz (número dos en la lista), productos derivados de la soya (lugares cuatro y 14), además de carne porcina y residuos de la industria del almidón (puesto número 8 y 15 del listado).
Las importaciones desde EE.UU. son fundamentales para el sostenimiento de industrias como la avícola, por ejemplo. De acuerdo con el presidente de Fenavi, gremio de este sector, “80 % del costo de producción del pollo y el huevo que consumimos en Colombia es maíz, soya y torta de soya. Colombia es deficitaria en más de 6 millones de toneladas de granos”. La dependencia de este tipo de productos desde Estados Unidos tiene su raíz en el TLC, pues antes de la entrada en vigencia de este tratado, los principales proveedores eran Brasil y Argentina.
El peso de los insumos en todo el sector agro no es nada despreciable, como se apreció con el pico inflacionario que arrancó en 2021 y que se agravó por los problemas logísticos globales (la sonada crisis de los contenedores), además de la guerra en Ucrania (tanto este país, como Rusia, son amplios exportadores de fertilizantes). En ese punto, el gran motor de la inflación en Colombia fueron los alimentos, con un peso superior sobre el bolsillo de los hogares vulnerables y pobres del país.
Para el presidente de Anif, la principal consecuencia de las represalias que tomaría Colombia es un choque inflacionario, en un momento en el que el país se acerca, lentamente (en 2024 cerró en 5,2 %), pero con paso firme, a la meta de inflación (3 %), tras llegar a un pico de 13,34 % en marzo de 2023. En la cima del pico del IPC en el país, el Ministerio de Agricultura aseguró que al menos el 50 % del crecimiento en los precios de los alimentos estaba relacionado con los costos de los agroinsumos que llegan desde el exterior.
Así las cosas, ambas vías (caída de las exportaciones e importaciones más costosas) se traducen en más inflación, lo que al mismo tiempo nos lleva a tasas de interés más altas para tratar de contenerla. Hasta aquí, en ese mundo hipotético en el que la pelea entre Petro y Trump continúa y se traduce en aranceles, las consecuencias ya incluyen pérdida de competitividad para sectores clave, aumento en la tasa de cambio, subida de inflación y desempleo.
La inversión también es un tema a considerar. En el tercer trimestre de 2024 la inversión extranjera directa en Colombia desde Estados Unidos sumó US$ 1.373 millones, siendo este, por mucho, el principal país de origen. Como advierte Giraldo, en un ambiente tan “crispado” como el del pasado domingo, los inversionistas podrían perder interés en el país.
Un escenario complicado, por decir lo menos, para el crecimiento económico, sumado, entre otras cosas, a una devaluación de la moneda, que implica que se necesitarán más pesos para pagar la deuda que está en dólares, se traduciría en un aumento en la prima de riesgo país. Básicamente, Colombia tendría que pagar tasas de interés más caras para conseguir financiamiento, al mismo tiempo, se desincentiva todavía más la inversión.
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Si llegáramos al peor escenario de un bloqueo comercial, con restricciones para acceder el sistema financiero internacional, Giraldo dice que el grifo de la inversión se cerraría prácticamente por completo; obtener financiación internacional sería una odisea y se desplomarían los bonos públicos y privados. Mejía agrega que en esta situación las compañías colombianas tendrían una pérdida de valor considerable y preocupante.
Los expertos aseguran que, por fortuna, estamos lejos de esa posibilidad, eso sí, debemos hacer todo lo posible para evitarla. “No podemos darnos el lujo de quedar por fuera del sistema financiero internacional, lo cual golpearía remesas, tarjetas de crédito, créditos, transferencias, corresponsales bancarios, entre otros”, dijo Analdex.
En 2023, las remesas, que son las transferencias que hacen los emigrantes a su país de origen, superaron por primera vez los US$10.000 millones, se estima que en 2024 se superó esa cifra, de hecho, hubo meses por encima de los US$1.000 millones. De acuerdo con datos del Banco de la República, el 52 % de las remesas provienen de Estados Unidos y, como indica el último informe de Política Monetaria, estos recursos han ganado participación en la economía colombiana y son un soporte para muchas familias y una fuente importante de recursos para el consumo de los hogares.
Todas estas potenciales consecuencias de una guerra comercial con Estados Unidos muestran la urgencia de que Colombia se aleje, tanto como sea posible, de un escenario similar. De ahí que los expertos consultados coinciden en que es clave que prime la diplomacia a la hora de abordar fricciones por temas vitales como la migración y el narcotráfico. Si bien es claro que la diversificación es un camino que el país debe transitar, reemplazar el mercado de Estados Unidos puede tomar décadas. Por ahora, con todas las implicaciones del caso, ese país sigue siendo primordial para la economía colombiana.
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