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‘Él ya era un ícono inmortal’

En entrevista con El Espectador, John Carlin, periodista y escritor británico, autor de ‘Playing the enemy’, libro que inspiró la película ‘Invictus’, dice que el expresidente sudafricano logró lo imposible: hacer que sus enemigos lo amaran. Recuerdos de conversaciones con el amigo, político y héroe de la lucha contra el ‘apartheid’.

05 de diciembre de 2013 – 04:45 p. m.
John Carlin fue testigo de primera mano del ‘apartheid’. Vivió muchos años en Sudáfrica, país sobre el que versa buena parte de su obra, lo que lo llevó a forjar una relación personal con Mandela. / AFP
John Carlin fue testigo de primera mano del ‘apartheid’. Vivió muchos años en Sudáfrica, país sobre el que versa buena parte de su obra, lo que lo llevó a forjar una relación personal con Mandela. / AFP
Foto: NOTIMEX - MARCEL GARCÉS

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John Carlin vivió en Sudáfrica entre 1989 y 1995. Era el corresponsal jefe del diario británico The Independent y como periodista fue testigo de primer orden del apartheid y de la posterior transición política encabezada por Nelson Mandela en la nación africana. De su trabajo como reportero saldrían dos libros: Heroica tierra cruel (2004), que relata la conquista de la democracia y la reconciliación de Sudáfrica, una sociedad severamente dividida, y El factor humano (Playing the Enemy, 2008), que documenta la enorme capacidad política que tuvo Mandela, en la que se destaca el uso que dio al mundial de rugby de 1995 para impulsar la unión del país. Este segundo libro sería llevado al cine por Clint Eastwood, bajo el título de Invictus (2009).
Los años de paso por Sudáfrica le sirvieron a Carlin, además, para forjar una amistad con Mandela, quien en su momento lo elogió por el trabajo realizado: “Lo que tú escribiste y la forma de desempeñar tus labores en este país fueron absolutamente magníficas, era absolutamente inspirador. Has sido muy valiente diciendo cosas que muchos periodistas nunca hubieran dicho”. Ahora que el tiempo ha llevado al periodista y escritor a trabajar en el diario El País de España y se ha llevado la vida del líder más grande de Sudáfrica, John Carlin comparte su experiencia con El Espectador.

¿Cómo logró Mandela un cambio tan profundo en Sudáfrica, en un contexto tan complicado y sin violencia?

Hay que tener en cuenta que fue el fundador del primer movimiento armado del Congreso Nacional Africano, que era su partido. Él fue el fundador y el primer comandante en 1961. Llegó a eso después de más de casi 20 años de lucha política, que era como dar la cabeza contra un muro y que no le respondieran, pidiendo diálogo hasta que se hartó, en fin. Entró en la cárcel y allí entendió que, siendo realista, la ruta armada no le iba ayudar a conseguir sus objetivos históricos, que eran la democracia, la justicia y la igualdad.

¿Cuál fue su estrategia entonces?

Calculó, se puso a pensar. Dijo que la cárcel fue apropiada para pensar. Pensó mucho, reflexionó mucho, leyó muchos libros. Se enteró de cómo iba el mundo. Podría haber insistido en la vía militar, pero eso básicamente iba a garantizar que el país estuviera en guerra permanentemente. Siendo realmente pragmático, esa no iba a ser la ruta. En la cárcel se fue preparando para eso. Sabía que iba a salir y que algún día iba a tener que negociar y convencer al Gobierno de negociar.

¿Por qué la cárcel fue tan importante?

La cárcel fue para Mandela una especie de universidad, de laboratorio, que utilizó para conocer al enemigo, básicamente, a través de su idioma, a través de libros, a través de sus carceleros, para que cuando llegara finalmente el día de sentarse a negociar, él conociera mejor al enemigo que el enemigo a él. La clave fue que supo ponerse en la piel del otro: entender sus puntos fuertes, sus puntos débiles, las vanidades del enemigo. Eso fue clave a la hora de negociar. En la cárcel ellos siguieron con las armas, pero la lucha armada fue muy poco entusiasta. En 30 años que existió este “movimiento armado”, creo que mataron, entre soldados, policías y una minoría de civiles, a unas 300 personas, algo lamentable, claro, pero fueron 30 años en los que además la violencia estaba bastante justificada. Pero cuando Mandela salió de la cárcel, en 1990, entendió que no sólo había que lograr una paz negociada sino que había que asentar las bases para que se firmara la paz y después hubiese elecciones libres, y después de que él fuera presidente existiera el clima para que no se generara una contrarrevolución.

¿Cuál fue la clave de Mandela para evitar esa contrarrevolución?

Lo más sorprendente de Sudáfrica es que cuando llegaron los negros al poder y hubo democracia, lo más previsible era que la gente que había perdido el poder, que estaba muy armada y tenía mucha experiencia militar, generara un movimiento contrarrevolucionario, terrorista y guerrillero de extrema derecha, pero eso no ocurrió. Y no ocurrió porque Mandela siempre fue muy consciente de que no era cuestión de firmar un papelito o de ganar unas elecciones. Sino de generar un clima en la sociedad a través de la reconciliación, de conocerse y generar respeto mutuo, y desarmar a los potenciales enemigos. Ese es el enorme logro de Mandela. Un general de extrema derecha estaba preparando células terroristas por todo el país, y Mandela no sólo lo desarmó sino que hizo que lo adorara. El general Constand Viljoen ahora habla de Mandela y se pone a llorar. Fue el jefe de las Fuerzas Armadas de Sudáfrica entre 1980 y 1985. Una época muy dura. Después se retiró y la extrema derecha lo reclamó como su líder. Él estaba viajando por el país, clandestinamente, preparando un golpe para cuando Mandela llegara al poder. Mandela un día lo invitó a su casa y el general fue, pero esperaba a un monstruo, una especie de Osama Bin Laden en versión sudafricana. Mandela le sirvió el té y después de cinco minutos Viljoen ya estaba desconcertado ante su encanto y carisma. Mandela era una persona tremendamente respetuosa de todo el mundo y conocía al general, que era su enemigo número uno, y lo trató con enorme respeto y cortesía. Seguramente pensaba que tendrían cosas en común y buscaría por ese camino. Tenía una total confianza en sí mismo.


¿Era Mandela un privilegiado de la política?

Yo creo que existen Mozart para la música, Messi para el fútbol y Mandela para la política. De verdad, creo que era un líder político genial y un genio para el bien, porque en cierto modo Hitler fue un genio. Para mí Mandela es como el anti-Hitler del siglo XX, un hombre que también supo movilizar las masas para bien, para unir en vez de dividir, para la paz en vez de la guerra. Mandela tuvo una especie de coctel seductor que cualquier político envidiaría. Fue un maestro: no sólo se ganó a su propia gente, algo que no era tan fácil porque incluso su gente estaba dividida en diferentes partidos, sino que, lo más increíble, se ganó al enemigo. Fue lo más loco, lo más extraordinario de todo; fue una hazaña, la acrobacia imposible que nadie ha hecho.

¿Qué sensación le transmitió Mandela cuando tuvo contacto con él?

Se sentía que uno estaba en presencia de un tipo especial. Que tenía carisma, y es difícil definir el carisma. Yo creo que el carisma está en una persona que tiene una confianza en sí misma tan grande que va mucho más allá de cualquier arrogancia. No es pendejo, ni pomposo, es tan auténtico que entra en un salón y sabe que le va a caer bien a todo el mundo. Él lo sabía, y además era muy atento con todo el mundo. Era igual de respetuoso con la señora que limpia la habitación, con el jardinero, con el camarero o con la reina de Inglaterra, que por cierto lo adoraba. Tenía todas estas dotes, la visión de a dónde quería llegar. Si pones todo esto y lo mezclas, sale una fuerza política potentísima y prácticamente irresistible.

¿En qué radicó esa genialidad que identificaba en Mandela?

Él venía con una enorme credibilidad, había estado 27 años en la cárcel. Pero podía haber desperdiciado ese crédito. Tenía además una enorme habilidad política. Por ejemplo, la anécdota de mi libro con el rugby: los Springbugs eran un símbolo del apartheid para los negros y un motivo de orgullo nacional para los blancos. El mundial de rugby vino un año después; la situación política seguía siendo frágil e inestable y la actitud era cerrar los ojos, que pasara lo más pronto posible y ojalá no ocurriera nada. Pero él vio allí una oportunidad política. Creyó en usar lo que los dividía para que los uniera. Otra de sus acrobacias imposibles.

Usted ha escrito sobre la luchas de poder dentro del partido de Mandela. ¿Cuáles son las luchas de poder que se libran en el seno del Congreso Nacional Africano, entre los sucesores de Mandela?

Es algo absolutamente habitual en la naturaleza humana, y más en un partido político que lleva tantos años en el poder y estará muchos años más, que inevitablemente se tomen diferentes acciones. Lo que ocurre es que la oposición política más importante en estas situaciones está adentro del partido dominante y no afuera. Son diferentes corrientes políticas, no sólo de ideología, sino también de lucha por el poder, por la vanidad del poder, por el lucro del poder. Esto ocurría también en el Partido Comunista de la Unión Soviética y seguro que ocurre en China, y es algo natural y casi imprevisible.

¿Cuáles son los hombres fuertes dentro del partido que podrían estar esperando su momento?

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Hace poco el CNA tuvo su gran reunión, la cual tiene cada cinco o seis años, y en ella eligieron al Ejecutivo. De cierto modo, esas luchas están apaciguadas ahora. Hay un líder muy carismático que se llama Mosima Tokyo Sexwale, que estuvo en la misma cárcel de Mandela. A él le gustaría ser presidente del país y ha estado movilizando y apadrinando, porque es bastante rico, a sectores más populistas, radicales, dentro del partido. En términos muy generales, son sectores que, por ejemplo, quieren nacionalizar las minas, y ese tipo de cosas. Por otro lado hay líderes más conservadores, más conscientes de la necesidad de apaciguar al mundo capitalista nacional e internacional. Esas son, a grandes rasgos, las corrientes.

¿La ausencia de Mandela podría incrementar esas disputas?

No. Hay mucha gente que se pregunta qué va a pasar con Sudáfrica sin Mandela. Yo no creo que pase nada sustancial en términos políticos. Van 14 años desde que Mandela dejó de ser presidente y siete u ocho años desde que se retiró de la vida pública. Realmente, en términos prácticos, ya había pasado en vida a ser una especie de ícono inmortal. Lo único, quizá, es que con su muerte la gente recapacite un poco y se esfuerce más por recuperar los valores de Mandela, de los que el CNA se ha desviado un poco, pero no va a tener un impacto sísmico sobre el panorama político sudafricano.

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En el texto, ‘La enfermedad oculta de Mandela’, usted aseguraba que su muerte no dejaría indiferente a nadie. ¿A qué cree que se debe que la imagen de Mandela haya trascendido, no sólo por África, sino por todo el mundo?

De aquí a 200 o 500 años, Mandela va a pasar a la historia, puedo asegurarlo, como uno de estos personajes realmente históricos y emblemáticos que deja la humanidad. Figuras como Garibaldi, en Italia; El Cid, en España, y Bolívar, en Latinoamérica. Es un personaje en ese orden de las cosas y que representa ciertos valores a los que todo el mundo venera: la generosidad, la valentía, el sacrificio, el enorme liderazgo político, la capacidad para persuadir a las grandes masas… Es una figura gigantesca y todos los dirigentes políticos que lo conocieron cayeron a sus pies: el propio Bill Clinton, Obama… mucha gente que lo conoce reconoce que es el más grande de la época. Pasará a ser el más grande de muchas épocas…

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¿Cuál fue la última vez que tuvo contacto con Mandela? ¿Hablaron de algo en particular?

La última vez que lo vi fue hace tres o tres años y medio. Fui a su casa. Él estaba comiendo y estuvimos como una hora juntos. Ya en ese momento se veía su avanzada vejez. Yo diría que de la hora que pasa mos, él estuvo presente menos del 50% del tiempo. Cuando llegué, me reconoció y me dijo “hola, John, qué tal, cómo estás”, pero después de 15 minutos tuve la impresión de que ya no tenía muy claro quién era yo. Físicamente, y para su edad, estaba muy bien, pero mentalmente le fallaba la memoria a corto plazo. Cuando estaba más lúcido, yo le preguntaba por cosas que habían ocurrido hacía 10 o 15 años. Se acordaba con mucha lucidez, como que se le animaba la cara, los ojos, y recordaba cosas con mucha claridad. De repente se iba y no estaba muy seguro de quién era yo.

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¿Está Sudáfrica preparada para la muerte del líder más grande de su historia?

Sí, creo que estaba superpreparada, tuvo tantas alarmas que todos de cierto modo habían internalizado ya el duelo. Sabían que en cualquier momento iba a ocurrir y no iba a ser la gran sorpresa. Debemos estar agradecidos por eso, porque no hay que olvidar que hace 20 años, cuando salió de la cárcel y se estaba preparando para asumir la Presidencia, el gran terror era que lo asesinaran, porque si a Mandela lo hubieran asesinado, hoy Sudáfrica sería otro país, un país absolutamente devastado por la guerra civil. Así que hay que dar las gracias porque este señor haya vivido hasta una edad tan avanzada y su muerte fuera por causas absolutamente naturales.

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