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Muchos lo pueden ver como una sorpresa: Aslan Karatsev, tenista ruso de 27 años, venció a Grigor Dimitrov con parciales de 2-6, 6-4, 6-1 y 6-2 en los cuartos de final del Abierto de Australia y se convirtió en el primer debutante en llegar a las semifinales del primer Gran Slam del año.
Pero detrás de la sorpresa hay una historia que si se lee entre líneas habría que reconocer que sorpresa entonces no es la palabra. Y no tendría que serlo porque Karatsev ha defendido su pasión a capa y espada, no solo siendo coherente consigo mismo, sino correspondiendo también a la enjundia que caracteriza al espíritu ruso.
Aslan ha sido un peregrino y un errante. Desde pequeño tuvo que adaptarse a otros espacios, a otras culturas, y de todas algo lleva en su persona y en su juego. Katsarev nació en Vladikavka, pero a los tres años tuvo que vivir el desarraigo de su tierra y partir a Tel Aviv, la capital de Israel, donde estuvo con su familia hasta los 12 años y donde aprendió a jugar tenis. Volvió a Rusia y a los 18 años se fue a Moscú, a la capital. Allí conoció y trabajó con Dmitry Tursunov, uno de los referentes de este deporte en su país. Gracias a él halló una oportunidad de impulsar su carrera, pero nuevamente tendría que migrar. Alemania y España serían sus próximos puertos y hasta ese momento llegaría su trabajo con Tursunov.
Su otro apoyo y cómplice fue Yahor Yatsyk, un entrenador bielorruso que lo ayudó a salir de una lesión de rodilla en 2017 y de la cual creía que sería su razón para retirarse de un deporte que lo apasionaba, pero que no le permitía ver la realización de sus anhelos.
Yatsyk no solo le ayudó a mejorar su técnica, sino que fortaleció su mente y le hizo entender ese viejo pero esencial consejo de saber disfrutar el camino, de acoger lo que cada puerto le ofrece para seguir enriqueciendo su viaje. Y así se fue convenciendo de su carrera, y se fue olvidando de abandonarla.
En este 2021, más que la sorpresa, ha sido el fruto de la esperanza y el esfuerzo lo que lo ha llevado a estar dentro de los mejores cuatro participantes del Abierto de Australia. Poco importa que sea el 114 del mundo, y que sea el tenista peor clasificado en la ATP que alcanza las semifinales del primer Grand Slam del año desde hace 30 años. Lo que mantiene firme al ruso es su convicción, esa misma que lo hace consciente de que su sueño es tangible y palpable, y que si bien ya haber llegado a este punto es una ganancia, su objetivo y la fuerza de su pasión es tanta que luchará por defender aquello que tanto imaginó años atrás y que ahora estará a prueba cuando enfrente a Novak Djokovic, quien defiende este año el título.