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Es cierto que andaba por todos lados con su guante y unos guayos de béisbol. También que le gritaba al televisor con vehemencia cuando los Bravos de Atlanta no ganaban. Incluso que una vez lo invitaron a jugar un partido de fútbol con la escuela Los Calamares y que por no tener carné no lo dejaron entrar a la cancha. Irreverente, o quizá testarudo, Christian Marrugo volvió a la semana siguiente y marcó dos goles. Ese día tomó una decisión y con un tono de confianza le soltó una frase a su mamá: “No quiero jugar béisbol nunca más”. Con la pelota y el bate no era de los mejores, tampoco de los peores, era uno más del promedio, uno entre un grupo enorme en el barrio Las Gaviotas de Cartagena que soñaban con llegar a las Grandes Ligas.
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Marrugo era tercera base, tenía el dorsal 17 y le decían el Peluca por su pelo alborotado. Hasta los 10 años estuvo en el diamante, hasta que se dio cuenta de que era mejor para algo más, para el fútbol, y por eso cumplió con el nunca más. Y por eso empezó a escaparse de la casa y de las tareas para pegarle al balón, por eso recibió una que otra pela de su mamá, pues en la casa de los Marrugo Rodríguez primero iba el estudio, después lo demás (su papá es ingeniero civil).
Christian se fue para Cali porque Luis Felipe Posso le dijo que allá había más oportunidades. Y vivió en una casa-hogar del club azucarero. Y de a poco fue neutralizando su acento cartagenero, porque la gente no le entendía, y tuvo que hablar más despacio, más pausado. Allí tuvo diferencias con las directivas del equipo vallecaucano y se fue para Medellín, donde debutó con Atlético Nacional, donde Juan José Peláez lo puso muchas veces de volante de recuperación a pesar de que él le había dicho muchas veces que era de creación. Pero por eso aprendió a ser más agresivo, más sacrificado en función del bien común.
Ya después vendría el efímero paso por Santa Fe, la consolidación con Deportes Tolima, su salida al fútbol mexicano para ser parte del Pachuca y Veracruz, y su regreso al país para jugar en Deportivo Cali e Independiente Medellín. También su regreso a México para integrar el Puebla en 2017. Las lesiones y la falta de continuidad han sido un obstáculo para el futbolista de 33 años que, ahora con Millonarios, ha ido recuperando lo que se perdió por muchos descuidos. En diálogo con El Espectador, el cartagenero, hoy uno de los hombres claves en el onceno de Jorge Luis Pinto, contó por qué vive un gran presente con el cuadro embajador.
¿Por qué regresó de México si en Puebla estaba bien?
No me sentía cómodo. Y no me refiero al equipo o a mis compañeros. En lo deportivo todo marchaba bien, pero no sentía la alegría que tenía antes cuando entraba a una cancha de fútbol. Mejor dicho: estaba cumpliendo, mas no divirtiéndome. Y eso pesó mucho para querer volver al país.
¿Cómo se dio su llegada a Millonarios?
Me contaron y me dijeron que había una posibilidad de jugar en Bogotá y de una dije que sí. De a poco se fue adelantando en el tema, el Puebla me ayudó porque ya les había comentado mi deseo de regresar a Colombia y con un acuerdo establecido firmé para estar en el club.
¿Qué diferencias nota entre el Millonarios de Miguel Ángel Russo y el de Jorge Luis Pinto?
La manera de entender el juego. Con Russo se hacían las cosas bien, pero los resultados no se dieron. Y durante seis meses no nos fue bien y eso se vio reflejado en la tabla, en el ánimo del grupo, en todo. Ahora, con Pinto, se va por buen camino y eso permite que todo fluya y que se aproveche el momento. No me pidas que haga comparaciones porque no se pueden hacer. Ambos son grandes profesionales y ambos tienen su visión del fútbol, solo que a uno no se le dio después de ser campeón y al otro todo se le está dando para salir campeón.
¿Qué le pide Pinto en específico?
Que sea muy práctico, porque en el fútbol moderno hay que serlo. También que no me pierda en los costados y que procure quedarme en el centro para tener contacto con la pelota. Es casi lo mismo que le dice a Santiago Montoya, pues somos los encargados de generar juego, de dejar a los delanteros frente al arquero rival.
¿Qué es lo que más le gusta de este Millonarios?
Que tiene una nómina amplia y eso es bueno, porque hay una competencia sana en el interior que ayuda a elevar el nivel del equipo. El entrenador rota y no se siente el cambio, porque todos entendemos la idea, todos estamos en momentos similares. Por ahora hay que seguir manteniendo eso para que los resultados no cambien, para que Millonarios siga por ese camino. Hay orden, hay sacrificio, hay responsabilidad con lo que toca hacer. Y si uno entiende eso, se puede ser campeón, así de fácil.
Pinto les ha apostado a los jugadores de divisiones inferiores. ¿Alguno en particular le ha llamado la atención?
Sería injusto decir un solo nombre, porque la elección ha sido correcta. Fíjate que en Copa Águila pude jugar con varios y no se nota la diferencia. Eso es una prueba de que hay una conexión en toda la institución, de que Pinto está pendiente de los que vienen atrás para promoverlos, para que haya una identidad. No es fácil jugar en el primer equipo de Millonarios y los que lo han logrado tienen mucho mérito. Por eso no me pidas un nombre, pues prefiero destacarlos a todos.
¿Qué le dice ahora a la gente que criticó, en su momento, su llegada a Millonarios?
Que crean en mí, que todavía tengo mucho para dar. Que corro a la par de mis compañeros así ya tenga 33 años, y que lo que uno necesita, como un pelao de 20, es regularidad, minutos en cancha. Que recuerden que cuando llegué ni siquiera era titular, que las lesiones me dieron duro y que ahora puedo jugar todo un partido si me lo piden. He buscado mucho estar en un buen nivel y lo he demostrado.
¿Qué sueños le faltan por cumplir en el fútbol?
Uy, muchos. Pero, por ahora, el más tangible es ser campeón con Millonarios. Sería lindo festejar en Bogotá, una ciudad a la que vine hace un tiempo y en la que no pude destacarme. En ese entonces se dijeron muchas cosas de mí, nada cierto, y ahora que he madurado con el paso del tiempo creo que festejar un título sería algo muy lindo para mi carrera.